KNEBWORTH ’90: EL DÍA EN QUE LOS GIGANTES DEL ROCK SE REUNIERON EN UN MISMO ESCENARIO
Parte 2: Cuando llegó la noche
La tarde comenzaba a desaparecer sobre Knebworth Park, pero la jornada estaba todavía muy lejos de terminar. A esas alturas, el público llevaba ya muchas horas de música y por el escenario habían pasado Tears for Fears, Status Quo, Cliff Richard & The Shadows, Robert Plant con la aparición de Jimmy Page, además de Phil Collins y Genesis. Un cartel que, por sí solo, habría bastado para convertir cualquier festival en histórico, pero aquel 30 de junio de 1990 parecía empeñado en demostrar que lo imposible podía reunirse en un mismo escenario. Todavía quedaban Eric Clapton, Dire Straits, Elton John, Paul McCartney y Pink Floyd, y la noche iba a traer algunos de los momentos más recordados de aquella gigantesca celebración del rock.
Cuando Eric Clapton apareció sobre el escenario, lo hizo como uno de los músicos más respetados de su generación. Su historia hablaba por sí sola: The Yardbirds, John Mayall & The Bluesbreakers, Cream, Blind Faith, Derek and the Dominos y una extraordinaria carrera en solitario que lo había convertido en una figura esencial del blues y el rock británico. Clapton no necesitaba grandes artificios; una guitarra era suficiente para captar la atención de aquella multitud. Su actuación encajó perfectamente en el espíritu de Knebworth, un festival que estaba reuniendo a músicos que habían acompañado a varias generaciones y que ahora regresaban ante una multitud para recordar por qué sus canciones habían sobrevivido al paso del tiempo. Pero Knebworth era también un lugar para los encuentros y, durante la parte final de la jornada, hubo un músico que terminó apareciendo una y otra vez junto a diferentes artistas: Mark Knopfler.
El líder de Dire Straits se convirtió prácticamente en uno de los hilos conductores de aquella parte del festival. Knopfler participó junto a otros artistas y su guitarra, inmediatamente reconocible, parecía encajar con absoluta naturalidad junto a músicos de generaciones y estilos diferentes. Se encontraba entonces en uno de los puntos más altos de su carrera, después de que Dire Straits hubiera pasado de los pequeños locales a convertirse en una de las bandas más grandes del planeta gracias, en buena medida, al éxito gigantesco de *Brothers in Arms*. Sin embargo, aquella noche tenía algo diferente. No parecía tratarse simplemente de salir al escenario, interpretar los grandes éxitos y marcharse, sino de una reunión entre músicos que habían compartido buena parte de la historia reciente del rock.
La aparición de Dire Straits tenía además un significado especial porque la banda había permanecido relativamente alejada de los escenarios después de la gigantesca gira de *Brothers in Arms*. Knebworth suponía, por tanto, una de esas apariciones capaces de despertar inmediatamente el interés de millones de seguidores. Cuando Mark Knopfler y sus compañeros ocuparon el escenario, el público volvió a encontrarse con una banda construida alrededor de una guitarra única. No hacía falta ver quién estaba tocando para reconocerla; bastaban unas pocas notas. La música de Dire Straits poseía esa extraña capacidad de sonar sofisticada y, al mismo tiempo, cercana, con canciones capaces de llenar un estadio sin perder la sensación de estar siendo interpretadas casi al oído. Aquella actuación sería también una especie de anticipo de lo que estaba por llegar, porque poco después Dire Straits regresaría oficialmente a la actividad para grabar *On Every Street*, publicado en 1991, y emprender una última y gigantesca gira mundial. Pero aquella noche en Knebworth pertenecía todavía a otro momento: el de una banda que regresaba ante una multitud y recordaba, sin necesidad de demasiadas explicaciones, por qué se había convertido en una de las formaciones más importantes de su tiempo.
Después llegó Elton John, otra de las grandes figuras que habían contribuido a construir la música popular de las décadas anteriores. A esas alturas de su carrera, muchas de sus canciones habían dejado de pertenecer únicamente a su autor para convertirse en parte de la memoria colectiva. Miles de personas podían reconocerlas desde los primeros acordes y cantarlas como parte de sus propias vidas, y esa es probablemente una de las mayores victorias que puede conseguir un músico: escribir canciones que terminan formando parte de los recuerdos de personas a las que nunca conocerá. Elton John representaba otra pieza fundamental de aquel enorme mosaico musical. Había atravesado los años setenta y ochenta acumulando canciones, cambios, excesos, éxitos y momentos difíciles, pero seguía allí, sentado frente a su piano y ante una multitud gigantesca, todavía capaz de convertir un escenario monumental en algo sorprendentemente íntimo. En Knebworth, cada actuación parecía abrir la puerta a otra leyenda y la siguiente sería una de las más importantes de todas.
La presencia de Paul McCartney elevaba todavía más la dimensión histórica del acontecimiento. Hablar de McCartney era hablar inevitablemente de The Beatles, pero también de Wings y de una larga carrera en solitario que llevaba décadas construyendo su propio camino. En 1990 acababa de regresar de una de las giras más importantes de su carrera y, después de años sin realizar grandes giras mundiales, había vuelto a interpretar en directo muchas canciones de The Beatles. Para varias generaciones de seguidores aquello había sido algo extraordinario: canciones que parecían pertenecer a una época desaparecida volvían a sonar sobre grandes escenarios. Ahora McCartney estaba en Knebworth y su actuación fue uno de esos momentos en los que la historia parecía detenerse durante unos minutos. Frente a él había decenas de miles de personas, muchas de las cuales ni siquiera habían nacido cuando The Beatles se separaron y que, sin embargo, conocían aquellas canciones, las cantaban y las habían hecho suyas. Ese era, en realidad, el verdadero poder de la música reunida aquel día: no importaba demasiado cuándo había sido escrita una canción, porque si había conseguido sobrevivir, seguía viva.
La noche había caído finalmente sobre Knebworth y, después de tantas horas de música, el cansancio comenzaba a pesar entre el público. Sin embargo, nadie quería marcharse porque todavía quedaba el último nombre del cartel: Pink Floyd. Y como si el propio cielo quisiera participar en el espectáculo, comenzó a llover. No era precisamente el final más cómodo para quienes llevaban todo el día en el recinto, pero con el paso de los años aquella lluvia terminaría formando parte de la leyenda. Pink Floyd bajo un cielo oscuro, rodeados de luces, humo y agua, parecía casi una imagen diseñada para su propia música.
En 1990, Pink Floyd era ya una banda diferente a la que había grabado *The Dark Side of the Moon*, *Wish You Were Here*, *Animals* o *The Wall*. Roger Waters ya no estaba, pero David Gilmour, Nick Mason y Richard Wright habían continuado adelante y habían demostrado durante la enorme gira de *A Momentary Lapse of Reason* que Pink Floyd seguía siendo capaz de llenar estadios en todo el mundo. Sin embargo, Knebworth no era una fecha más de aquella gira, sino una ocasión especial. La banda preparó una actuación relativamente breve para sus estándares, pero rodeada de músicos excepcionales e invitados. El saxofonista Candy Dulfer participó en “Shine On You Crazy Diamond”, mientras Clare Torry volvió a enfrentarse a la impresionante parte vocal de “The Great Gig in the Sky”, la canción que había ayudado a convertir en inmortal en 1973. La lluvia seguía cayendo mientras las luces atravesaban la oscuridad y Pink Floyd hacía lo que mejor sabía hacer: transformar un concierto en una experiencia. Sonaron “Shine On You Crazy Diamond”, “Sorrow”, “Money”, “Comfortably Numb” y “Run Like Hell”, y aunque no se trataba de un concierto de tres horas, cada canción parecía elegida para cerrar una jornada gigantesca.
Entonces llegó “Comfortably Numb” y la guitarra de David Gilmour se elevó sobre Knebworth mientras la lluvia continuaba cayendo. Aquella imagen terminaría convirtiéndose en una de las más recordadas del festival. Habían pasado muchas horas desde que los primeros músicos aparecieron sobre el escenario y ahora todo estaba llegando a su final. Cuando Pink Floyd terminó su actuación y las luces comenzaron a apagarse, Knebworth Park quedó atrás, pero lo ocurrido aquel día ya había adquirido una dimensión que iba mucho más allá de un simple festival.
Knebworth ’90 fue, en realidad, la fotografía de un momento muy concreto de la historia de la música. Poco después, el mundo del rock cambiaría radicalmente con la llegada de Nirvana, Pearl Jam, Soundgarden y toda una nueva generación que transformaría la estética, la industria y la propia forma en que el público miraba a las grandes estrellas del rock. Por eso, visto desde la distancia, Knebworth ’90 tiene algo de despedida, aunque nadie fuera consciente de ello en aquel momento. Aquel escenario había conseguido reunir a buena parte de los músicos que habían construido el rock y el pop británico durante las tres décadas anteriores: desde Cliff Richard & The Shadows hasta Paul McCartney, desde el blues de Eric Clapton hasta el rock de Genesis y Pink Floyd, desde Robert Plant y Jimmy Page hasta Dire Straits, y desde Elton John hasta Phil Collins. Eran diferentes generaciones compartiendo un mismo día y demostrando que, pese al paso del tiempo, aquellas canciones continuaban teniendo un enorme poder.
Hoy resulta casi imposible imaginar un cartel semejante, no solamente por el número de artistas, sino por el peso histórico de cada uno de ellos. Muchos podían llenar estadios por separado, algunos habían vendido decenas de millones de discos y otros habían formado parte de grupos que cambiaron para siempre la historia de la música, pero durante unas horas todos estuvieron allí, en Knebworth, el 30 de junio de 1990. Las grabaciones de aquella jornada, difundidas a través de la radio y la televisión y conservadas posteriormente en diferentes ediciones y registros no oficiales, permiten regresar a aquel día, aunque escucharlas hoy produce una sensación diferente. Ya no escuchamos solamente un concierto: escuchamos una época, una época en la que los grandes nombres del rock todavía podían reunirse sobre un mismo escenario y hacer que una multitud permaneciera durante horas esperando la siguiente canción.
Los músicos continuaron después con sus carreras, el público regresó a casa y el mundo siguió cambiando, pero aquel día quedó detenido en el tiempo. Knebworth ’90 no fue simplemente un gran festival, sino una de esas jornadas excepcionales en las que la historia del rock decidió reunirse en un mismo lugar y, durante unas horas, hacer que pareciera posible reunir varias décadas de música delante de una misma multitud.






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