"Is There Anybody Out There?" no es solo otro blog de música; es una expedición arqueológica sonora que desentierra tesoros musicales sepultados por el tiempo y el olvido. Con la pasión de un detective y el corazón de un poeta, el señor X se sumerge en las profundidades de álbumes que, aunque fundamentales, han sido injustamente relegados a las sombras de la historia musical prometiendo sacudir el polvo de esos vinilos olvidados. Cada entrada es una odisea que nos lleva de vuelta al momento en que estos discos vieron la luz, desentrañando las circunstancias que los vieron nacer y el eco que dejaron en el mundo. El blog no se conforma con reseñas superficiales. Aquí, la música se disecciona con el cuidado de un cirujano y se analiza con la minuciosidad de un científico. Pero no te equivoques, no es un ejercicio frío y académico. El señor X inyecta en cada palabra la pasión de un fan y la narrativa cautivadora de un contador de historias. "Is There Anybody Out There?" es más que un nombre; es un grito de guerra, un llamado a todos los amantes de la música a unirse en esta cruzada por redescubrir las joyas perdidas del panorama musical. Es una invitación a abrir los oídos y la mente, a sumergirse en sonidos que quizás pasamos por alto la primera vez, pero que merecen una segunda, tercera y enésima escucha. En un mundo saturado de listas de reproducción algorítmicas y éxitos prefabricados, este blog se erige como un faro para aquellos que buscan algo más profundo, más auténtico. Es un recordatorio de que detrás de cada disco hay una historia esperando ser contada, una pieza del rompecabezas cultural que merece ser encajada. Así que, si alguna vez te has preguntado si hay alguien más ahí fuera que aprecia la música como tú, que busca significado en cada nota y poesía en cada acorde, la respuesta es un rotundo sí. Y ese alguien te está esperando en "Is There Anybody Out There?", listo para embarcarse contigo en un viaje musical que promete ser tan emocionante como revelador.

martes, 13 de octubre de 2026

ESPECIAL OCTUBRE 2026 "Phil Collins – Hello, I Must Be Going!"

Phil Collins – Hello, I Must Be Going!

Cuando Phil Collins dejó de ser una sorpresa para convertirse en una estrella

Hay discos que llegan después de un éxito y parecen condenados a vivir a su sombra. Hello, I Must Be Going!, publicado el 5 de noviembre de 1982, podía haber sido perfectamente uno de ellos. Phil Collins acababa de sorprender a todo el mundo con Face Value, un álbum que había nacido casi de manera accidental, mientras Genesis atravesaba uno de sus periodos de menor actividad y la vida personal del músico se encontraba en plena tormenta. Sin embargo, lo que ocurrió con su segundo disco en solitario fue diferente. Collins ya no era simplemente el batería de Genesis que había descubierto que también podía cantar, ni el músico que había conseguido un inesperado éxito con In the Air Tonight. Ahora sabía que tenía algo que decir por sí mismo y, sobre todo, sabía cómo quería que sonara.

La historia de Hello, I Must Be Going! comienza precisamente en ese momento de transición. Genesis había terminado la gira de Abacab y el grupo se tomó un descanso. Collins aprovechó aquel paréntesis para volver al estudio y continuar desarrollando una carrera paralela que inicialmente nadie sabía muy bien hasta dónde podía llegar. Face Value había sido una experiencia casi terapéutica, pero el segundo álbum ya tenía otro planteamiento. Collins estaba descubriendo que podía trabajar fuera de Genesis sin renunciar a las características que habían definido su forma de hacer música: baterías muy presentes, arreglos cuidadosamente construidos, melodías accesibles y una enorme atención al sonido. El resultado sería un disco menos marcado por la sorpresa que Face Value, pero posiblemente más consciente de lo que Collins quería ser como artista.


A1 I Don't Care Anymore 5:00

A2 I Cannot Believe Its True 5:14

A3 Like China 5:05

A4 Do You Know, Do You Care? 4:57

A5 You Can't Hurry Love 2:50

B1 It Don't Matter To Me 4:12

B2 Thru These Walls 5:02

B3 Don't Let Him Steal Your Heart Away 4:43

B4 The West Side 4:59

B5 Why Can't It Wait Til Morning 3:01

Engineer – Hugh Padgham

Producer – Phil Collins

Producer [Assistant] – Hugh Padgham

La grabación se desarrolló principalmente entre mayo y junio de 1982, utilizando distintos estudios británicos. Parte del trabajo comenzó en Old Croft, en Shalford, donde Collins trabajó con una configuración relativamente sencilla, y posteriormente las canciones fueron creciendo mediante overdubs realizados en The Farm, el estudio de Genesis, y The Townhouse de Londres. Hugh Padgham volvió a ocupar un papel fundamental como ingeniero y colaborador de producción. La relación entre Collins y Padgham era especialmente importante porque ambos estaban contribuyendo a definir una determinada estética sonora que tendría una enorme influencia durante aquella década.

Y aquí está una de las claves para entender el álbum: Collins no necesitaba demostrar que sabía hacer canciones complicadas. Su verdadera habilidad estaba empezando a aparecer en otra parte. Sabía construir canciones que podían parecer sencillas en una primera escucha y, sin embargo, estaban llenas de pequeños detalles. Las baterías, las percusiones, los teclados, los metales y las guitarras ocupaban cada uno su espacio. La producción era limpia, pero no fría. Y, sobre todo, había una personalidad muy reconocible detrás de todo aquello.

El disco comienza con “I Don't Care Anymore”, una de las canciones más agresivas que Collins había grabado hasta entonces. El contraste con la imagen del músico amable y casi tímido que muchos tenían de él era evidente. Aquí aparece enfadado, cansado y desafiante. La batería tiene un papel protagonista y el tema avanza con una contundencia que anticipaba en cierta forma al Collins de los grandes escenarios de los años siguientes. No es una canción pensada para agradar a todo el mundo; precisamente por eso funciona tan bien como apertura.

Después llega “I Cannot Believe It's True”, donde el ambiente cambia y aparece un Collins mucho más cercano al soul y al pop. Los metales aportan una dimensión diferente y ayudan a demostrar que el músico estaba ampliando considerablemente su paleta sonora. La presencia de los Phenix Horns, procedentes de Earth, Wind & Fire, fue fundamental para darle al álbum ese carácter rítmico que aparece en varios momentos. La formación incluía a Don Myrick, Louis Satterfield, Rhamlee Michael Davis y Michael Harris.

“Like China” es otro de los momentos que ayudan a comprender el carácter del álbum. Hay tensión, percusión y una cierta oscuridad que enlaza con la faceta más experimental de Collins. No todo en Hello, I Must Be Going! está construido alrededor de canciones pop inmediatas. El disco también tiene espacio para atmósferas y desarrollos que recuerdan al músico de Genesis y a sus trabajos con Brand X.

Y entonces aparece “Do You Know, Do You Care?”, probablemente una de las canciones más intensas y menos complacientes del álbum. Collins vuelve a utilizar la música como una forma de expresar frustración y desconcierto. La interpretación vocal tiene una tensión que hace que la canción no suene simplemente como otra producción pop de principios de los ochenta. Hay algo más personal detrás de ella.

Pero si hay una canción que cambió definitivamente la historia comercial del álbum fue “You Can't Hurry Love”. La elección podía parecer arriesgada. Collins estaba versionando un clásico de Holland–Dozier–Holland grabado originalmente por The Supremes, y hacerlo después del enorme éxito de Face Value podía interpretarse como una manera demasiado evidente de buscar otro single. Sin embargo, Collins no intentó esconder el carácter soul de la composición. Al contrario, lo convirtió en una celebración de aquella tradición musical que tanto le había influido.

El resultado fue espectacular. El single llegó al número uno en el Reino Unido y alcanzó el número 10 en Estados Unidos. El álbum, por su parte, llegó al número 2 británico y al número 8 estadounidense. Lo interesante es que “You Can't Hurry Love” terminó convirtiéndose en uno de esos casos en los que una versión consigue adquirir vida propia sin borrar el recuerdo del original.

La segunda mitad del álbum empieza con “It Don't Matter to Me”, una canción en la que Collins vuelve a ese terreno de soul y pop que tan bien dominaba. La instrumentación es rica pero nunca parece excesivamente recargada. El bajo de Mo Foster y el trabajo de los demás músicos ayudan a crear una base que permite que Collins se concentre en la interpretación.

Después llega “Thru These Walls”, uno de los temas más curiosos del disco. Tiene una atmósfera nocturna y cierta sensación de voyeurismo que la diferencia claramente de los singles más comerciales. Collins demuestra aquí que seguía interesado en contar historias incómodas y en explorar personajes y situaciones que no necesariamente encajaban con la imagen amable que estaba empezando a adquirir como estrella del pop.

“Don't Let Him Steal Your Heart Away” recupera una dimensión más melódica. Es uno de esos temas que pueden pasar algo desapercibidos al lado de “I Don't Care Anymore” o “You Can't Hurry Love”, pero que ayudan a que el álbum tenga equilibrio. Collins no necesitaba mantener la intensidad durante los cuarenta minutos; sabía cuándo bajar el volumen y dejar que la melodía ocupase el primer plano.

En “The West Side” reaparecen los metales y el componente rítmico. La canción tiene una personalidad muy urbana y permite comprobar hasta qué punto Collins estaba incorporando elementos del soul, el funk y el R&B a su lenguaje. La instrumentación vuelve a ser uno de los grandes atractivos del disco. Collins se encargaba de las voces, batería, percusión, teclados y otros elementos, mientras músicos como Daryl Stuermer, John Giblin, Mo Foster y los Phenix Horns completaban una formación de auténtico lujo.

Y el cierre con “Why Can't It Wait 'Til Morning” es posiblemente el mejor ejemplo de que detrás del éxito comercial había un músico mucho más completo de lo que muchos críticos estaban dispuestos a reconocer. Es una canción pausada, delicada, construida alrededor del piano y la voz, con arreglos de cuerda. Después de todo el movimiento del disco, Collins decide terminar casi en susurros. Las cuerdas fueron grabadas en CBS y los arreglos estuvieron relacionados con Martyn Ford y la Mountain Fjord Orchestra.

También resulta interesante detenerse en la portada. La fotografía de Trevor Key presenta a Collins con una expresión seria y un aspecto bastante diferente del hombre que poco después aparecería en millones de televisores. El título, Hello, I Must Be Going!, procedía de la famosa frase asociada a los Hermanos Marx y tenía ese punto de humor británico que Collins conservó incluso cuando su popularidad empezó a crecer de manera descomunal.

Musicalmente, el álbum representa además un momento muy concreto de la historia del pop británico. Estamos en 1982. El punk ya había cambiado las reglas, el new wave estaba plenamente asentado, los sintetizadores empezaban a dominar las producciones y la música negra estaba teniendo una influencia cada vez mayor sobre el pop. Collins se encontraba precisamente en medio de todos esos mundos. Venía del rock progresivo y de Genesis, había pasado por el jazz-rock de Brand X, admiraba el soul y el R&B y estaba desarrollando un lenguaje propio que podía funcionar perfectamente en la radio.

La producción de Hugh Padgham fue decisiva. La colaboración entre ambos venía de antes y continuaría siendo importante durante los años siguientes. El sonido de batería que Collins y Padgham habían contribuido a desarrollar alrededor de Genesis y Face Value se convertiría en una de las señas de identidad de aquella época. En Hello, I Must Be Going! todavía se escucha ese sonido con una naturalidad que hace que la batería tenga una presencia enorme sin convertirse en un simple efecto de estudio.

Los créditos del álbum muestran además hasta qué punto Collins sabía rodearse de músicos adecuados para cada canción. Daryl Stuermer aportó las guitarras; John Giblin y Mo Foster se repartieron buena parte del trabajo de bajo; los Phenix Horns añadieron los metales y otros músicos participaron en las diferentes capas de la producción. Collins, por su parte, estaba prácticamente en todas partes: voz, batería, percusión, teclados y diferentes elementos adicionales.



GIRA

Con el disco terminado, quedaba una pregunta: ¿cómo llevar aquel material a un escenario? Collins decidió no montar simplemente una banda de acompañamiento. La Hello, I Must Be Going Tour se convirtió en una auténtica presentación de su nueva identidad como artista. La gira comenzó en noviembre de 1982 y recorrió Europa y Norteamérica hasta febrero de 1983. Para aquellos conciertos reunió una banda de nueve músicos que incluía a dos nombres fundamentales de su entorno Genesis: Chester Thompson a la batería y Daryl Stuermer a la guitarra, además de los Phenix Horns.

Y ahí es donde Hello, I Must Be Going! adquiere otra dimensión. En directo, las canciones podían crecer considerablemente. El repertorio no se limitaba al nuevo álbum. Collins recuperó canciones de Face Value, incorporó material de Genesis como “Behind the Lines”, rescató piezas relacionadas con Brand X y, por supuesto, incluyó “You Can't Hurry Love” y “In the Air Tonight”. Los conciertos muestran a un artista que todavía podía permitirse tocar en teatros y recintos relativamente pequeños antes de convertirse en una de las grandes figuras de los estadios.

El repertorio era además muy representativo de aquel momento de su carrera. Abrir con “I Don't Care Anymore” era toda una declaración de intenciones. Después aparecían “Thunder and Lightning”, “I Cannot Believe It's True”, “This Must Be Love”, “Thru These Walls”, “I Missed Again” y “Behind the Lines”. Más adelante llegaban “The Roof Is Leaking”, “Don't Let Him Steal Your Heart Away”, “The West Side”, “If Leaving Me Is Easy” y “In the Air Tonight”. Los bises podían incluir “You Can't Hurry Love”, “It Don't Matter to Me”, “Hand in Hand”, “...And So to F...” y “People Get Ready”.

La presencia de Chester Thompson y Daryl Stuermer era especialmente importante porque conectaba directamente aquella nueva carrera con Genesis. Thompson había sido una pieza fundamental de las giras de Genesis y Stuermer había ocupado también un lugar destacado en el directo del grupo. De alguna manera, Collins estaba creando su propia banda sin cortar completamente el cordón umbilical con Genesis.

La gira también permitió comprobar que Collins no era un fenómeno exclusivamente de estudio. Sus canciones funcionaban delante de un público y podían convivir perfectamente con material de Genesis y con versiones. En diciembre de 1982, por ejemplo, el repertorio interpretado en Estados Unidos mantenía una estructura muy similar a la de los conciertos europeos, con “I Don't Care Anymore” como arranque y “People Get Ready” como uno de los momentos finales.

RESUMEN

Visto desde hoy, Hello, I Must Be Going! ocupa un lugar especialmente interesante dentro de la carrera de Phil Collins. No tiene la sorpresa de Face Value, porque ya sabíamos que Collins podía funcionar como solista. Tampoco tiene todavía la dimensión gigantesca de No Jacket Required, que llegaría en 1985 y convertiría definitivamente su nombre en una marca mundial. Está justamente en medio de esos dos momentos.

Y quizá por eso resulta tan interesante. Es el disco en el que Collins empieza a comprender el tamaño de las posibilidades que tiene delante. Todavía conserva mucho del músico inquieto que había formado parte de Genesis y Brand X, pero al mismo tiempo empieza a aparecer el artista que dominará las listas durante buena parte de los ochenta. Hay soul, rock, pop, funk, arreglos orquestales, grandes baterías y canciones íntimas. Todo cabe dentro del mismo álbum porque Collins estaba empezando a construir un lenguaje que, aunque posteriormente sería mucho más comercial, aquí todavía conserva cierta aspereza.

Además, hay algo muy humano en Hello, I Must Be Going!. Collins no intenta parecer una estrella perfecta. En varias canciones sigue hablando desde la frustración, la ruptura, los celos, la incomunicación y las relaciones que se deterioran. Es un disco que, bajo una producción cada vez más sofisticada, mantiene una cierta sensación de vulnerabilidad. Y esa combinación probablemente sea una de las razones por las que funciona todavía hoy.

Cuando apareció en noviembre de 1982, el álbum confirmó que el éxito de Face Value no había sido un accidente. Alcanzó el número 2 en Reino Unido y el número 8 en Estados Unidos, mientras “You Can't Hurry Love” se convertía en uno de los grandes éxitos de aquella etapa. Pero más allá de las cifras, Hello, I Must Be Going! representa un momento muy concreto: el instante en que Phil Collins dejó de ser simplemente “el batería de Genesis que tiene un disco en solitario” para empezar a convertirse en Phil Collins, artista por derecho propio.

Y eso es lo que hace que volver a escucharlo hoy tenga cierto encanto. Sabemos perfectamente todo lo que vendría después, desde No Jacket Required hasta ...But Seriously, los grandes conciertos, los números uno y aquella presencia constante en la radio y la televisión. Pero en Hello, I Must Be Going! todavía podemos escuchar al músico antes de que todo aquello sucediera. Un Phil Collins que acababa de descubrir que podía caminar solo y que todavía estaba decidiendo hasta dónde quería llegar.

BOOTLEG



Phil Collins – King Biscuit Tower Theater 1982

Este interesante bootleg nos traslada a 1982, una etapa fundamental en la carrera de Phil Collins, cuando comenzaba a consolidar su trayectoria en solitario sin dejar de lado su trabajo como batería y vocalista de Genesis. Tras el éxito de Face Value, Collins se encontraba desarrollando un sonido propio, combinando pop, rock, soul y ciertos matices de rhythm and blues que acabarían definiendo buena parte de su identidad musical.

La grabación, vinculada al conocido programa radiofónico King Biscuit Flower Hour, permite acercarse al Collins de aquellos primeros años en directo, con una voz inconfundible, una interpretación cargada de energía y una propuesta musical que alterna momentos intensos con pasajes más melódicos. Es una época especialmente atractiva para descubrir cómo sus composiciones iban adquiriendo personalidad sobre el escenario, alejándose progresivamente de la sombra de Genesis.

Un documento de interés para los seguidores de Phil Collins, especialmente para quienes disfrutan de su primera etapa en solitario y quieren recuperar el sonido de sus actuaciones a comienzos de los ochenta.

Tracklist:

01 – I Don’t Care Anymore (live)

02 – Thunder And Lightning (live)

03 – I Cannot Believe It’s True (live)

04 – This Must Be Love (live)

05 – Thru These Walls (live)

06 – I Missed Again (live)

07 – Behind The Lines (live)

08 – You Know What I Mean (live)

09 – The Roof Is Leaking (live)

10 – Don’t Let Him Steal Your Heart Away (live)

11 – The West Side (live)

12 – If Leaving Me Is Easy (live)

13 – In The Air Tonight (live)

14 – Like China (live)

15 – It Don’t Matter To Me (live)

16 – And So To F… (live)

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lunes, 14 de septiembre de 2026

ESPECIAL SEPTIEMBRE 2026 "KING CRIMSON – RED"

KING CRIMSON – RED: EL ÚLTIMO VIAJE DE 1974

Hay discos que marcan una época y otros que parecen despedirse de ella. Red, publicado en 1974, pertenece a los dos grupos. Es uno de esos álbumes que, cuando lo vuelves a escuchar después de tantos años, sigue teniendo una fuerza tremenda. Y lo curioso es que detrás de esa música tan poderosa se esconde la historia de una banda que estaba a punto de desaparecer.

King Crimson llegaba a 1974 convertido en una máquina extraordinaria. Robert Fripp seguía siendo el cerebro del grupo, pero a su lado tenía una sección rítmica espectacular formada por John Wetton al bajo y Bill Bruford a la batería. Aquello tenía poco que ver con el progresivo más elegante y académico que por entonces triunfaba. King Crimson sonaba cada vez más oscuro, pesado y agresivo.

Y eso se nota desde el primer segundo de Red.

La gira de 1974 fue fundamental para entender lo que ocurrió después. La banda recorrió Estados Unidos y Canadá tocando un repertorio que mezclaba temas de Larks' Tongues in Aspic y Starless and Bible Black, además de largas improvisaciones que podían cambiar completamente de una noche a otra.

Para los amantes de los bootlegs, aquella gira es una auténtica mina.

Hay grabaciones de diferentes conciertos y algunas tienen un valor especial. Una de ellas es la de Providence, el 30 de junio de 1974. De aquella actuación salió precisamente la improvisación que terminaría apareciendo en Red con el nombre de “Providence”. Escuchar el concierto completo permite entender de dónde salió aquella pieza y hasta qué punto King Crimson podía llevar una improvisación hacia terrenos completamente inesperados.

Al día siguiente, el 1 de julio, llegó otro momento histórico: el concierto de Central Park, Nueva York. Sería una de las últimas actuaciones de aquella formación en Estados Unidos. El repertorio incluía piezas como “Exiles”, “Easy Money”, “Fracture”, “Starless”, “The Talking Drum” o “Larks' Tongues in Aspic Part II”.

Lo interesante de estas grabaciones es que no estamos escuchando simplemente versiones en directo de canciones conocidas. Estamos escuchando a una banda que todavía estaba buscando hacia dónde ir.

Y entonces llegó el estudio.

Las sesiones de Red comenzaron en julio de 1974, poco después de terminar aquella gira. Pero la situación interna de King Crimson no era precisamente tranquila. David Cross, cuyo violín había sido tan importante en la etapa anterior, estaba prácticamente fuera de la formación. Fripp, Wetton y Bruford estaban llevando al grupo hacia un sonido mucho más contundente.

Además, aparecieron varios músicos invitados, entre ellos Ian McDonald y Mel Collins.

El resultado fue un disco sorprendentemente compacto. Solo cinco temas, pero cada uno con una personalidad muy marcada.

“Red” abre el álbum con ese riff instrumental que parece anunciar que aquí las cosas van a ser diferentes. Es probablemente uno de los momentos más pesados que había grabado King Crimson hasta entonces.

Después llega “Fallen Angel”, mucho más emocional, con una interpretación vocal magnífica de John Wetton. “One More Red Nightmare” vuelve a recuperar la contundencia y demuestra hasta dónde podía llegar aquella combinación de guitarra, bajo y batería.

Y después aparece “Providence”, directamente relacionada con aquella gira que acabamos de mencionar.

Pero todo conduce al último tema.

“Starless”.

Una de las grandes composiciones de King Crimson. Comienza con calma, casi con delicadeza, y poco a poco va creciendo hasta convertirse en una auténtica tormenta instrumental. El bajo de Wetton, la batería de Bruford y la guitarra de Fripp van construyendo una tensión que termina explotando.

Y aquí es donde la historia se vuelve todavía más curiosa.

Mientras Red estaba tomando forma, Robert Fripp estaba pensando en acabar con King Crimson.

No era simplemente una crisis pasajera. Fripp estaba cada vez más interesado en otras inquietudes y finalmente decidió que la banda debía desaparecer. El 24 de septiembre de 1974 anunció la disolución del grupo.

Red todavía no había salido a la venta.

El disco apareció en octubre y se convirtió, sin saberlo nadie en aquel momento, en el último capítulo de aquella etapa de King Crimson.

Y quizá por eso tiene ese carácter tan especial.

No parece un disco de una banda que esté buscando empezar algo nuevo. Parece el disco de una banda que está llevando todo lo que ha aprendido hasta el límite.

Para los coleccionistas, la historia no terminó ahí. Años después comenzaron a aparecer y recuperarse grabaciones de aquella gira, hasta el punto de que hoy podemos reconstruir buena parte de lo que fue aquella etapa. Una de las grandes recopilaciones fue The Road to Red, una monumental caja que reunió sesiones de estudio y numerosos conciertos de 1974.

También se han publicado diferentes ediciones de Red, incluyendo las celebraciones del 40.º y 50.º aniversario, con nuevas mezclas y abundante material en directo.

Y aquí es donde los bootlegs adquieren todo su sentido.

Porque escuchar Red es una cosa, pero escuchar después Providence, Central Park u otros conciertos de aquella gira es otra completamente distinta. De repente empiezas a descubrir cómo funcionaba aquella música sobre un escenario, cómo las canciones podían crecer y cómo las improvisaciones formaban parte esencial del espectáculo.

Aquella formación de King Crimson duró poco, pero dejó una huella enorme.

Fripp, Wetton y Bruford juntos eran una combinación difícil de igualar. Y aunque Red terminó siendo el último disco antes de la desaparición de la banda, también se convirtió con el tiempo en uno de sus trabajos más respetados.

Quizá lo más bonito de toda esta historia es que nosotros conocemos el final, pero ellos no.

Cuando salieron a tocar en 1974 no sabían que algunas de aquellas actuaciones acabarían convertidas décadas después en documentos históricos. Cuando entraron en el estudio tampoco sabían que estaban grabando el último álbum de aquella formación.

Simplemente estaban haciendo música.

Y vaya música.

King Crimson – Red (1974).

Un disco breve, oscuro, poderoso y absolutamente imprescindible. Y si después de escucharlo te apetece saber cómo sonaba aquella maquinaria en directo, busca las grabaciones de la gira de 1974.

Ahí es donde realmente empieza la aventura.

LOS BOOTLEGS Y LAS EDICIONES

Para los coleccionistas, esta época es especialmente interesante porque existe una enorme cantidad de material procedente de aquella gira.

En 2013 apareció The Road to Red, una espectacular caja de 24 discos que reconstruye el camino hasta el álbum. Incluye el disco Red, sesiones de estudio y material en directo de la gira de 1974, con 16 conciertos completos repartidos a lo largo de 20 discos.

Entre los documentos recuperados están Providence y Central Park, además de numerosos conciertos de la gira que permiten comprobar cómo evolucionaba el repertorio noche tras noche.

Y en 2024, con motivo del 50.º aniversario, llegó una nueva edición de Red con nuevas mezclas de Steven Wilson, mezclas elementales de David Singleton, material de las sesiones y grabaciones completas de conciertos de 1974.

La edición incluye además material de USA y varias actuaciones de la gira, entre ellas Nashville, Miami, Felt Forum, San Antonio, Shrine Auditorium y Central Park.

UNA ANÉCDOTA FINAL

Hay algo casi cinematográfico en la historia de Red.

King Crimson termina una gira agotadora. Se decide expulsar a David Cross. Fripp se distancia del proyecto. Entra en escena su interés por la espiritualidad. El grupo se mete en el estudio y graba uno de sus discos más poderosos. Y mientras el álbum está tomando forma, Fripp decide que King Crimson debe desaparecer.

Dos semanas después de la publicación de Red, el grupo ya no existía.

Pero la historia no había terminado.

En 1975 apareció USA, construido a partir de actuaciones de aquella misma etapa, y años después los archivos de la banda permitieron reconstruir con extraordinario detalle aquella gira. Lo que entonces parecían simples cintas de conciertos terminaron convirtiéndose en una de las documentaciones en directo más importantes de la historia del rock progresivo.

BOOTLEG


King Crimson – Live Pennsylvania State University, 1974

Hay conciertos que son mucho más que una simple grabación en directo: son documentos de un momento irrepetible. Este King Crimson – Live at Pennsylvania State University, 1974 nos sitúa en plena etapa más experimental, oscura y poderosa de la banda, con Robert Fripp, John Wetton, Bill Bruford y David Cross llevando el rock progresivo hasta territorios cada vez más extremos.

El repertorio es una auténtica barbaridad. Larks' Tongues in Aspic, Part II, Lament, Exiles, Easy Money y las extensas improvisaciones muestran a un grupo que podía pasar de la precisión absoluta al caos controlado en cuestión de segundos. Pero hay un momento especialmente significativo: Starless.

El tema, que todavía no había llegado a las tiendas y posteriormente, su espíritu quedaría estrechamente ligado a Red, el monumental álbum de 1974 que cerraría esta etapa de King Crimson. Escuchar aquí Starless permite descubrir en directo una composición que ya anticipaba esa evolución hacia un sonido más pesado, sombrío y contundente.

Y es precisamente Fracture, otra de las grandes piezas del repertorio, la que nos coloca prácticamente en la antesala de Red: riffs demoledores, estructuras complejas y una tensión instrumental que anuncia el camino que tomaría Fripp en los meses siguientes.

El resultado es un documento excepcional de aquel King Crimson de 1974, todavía en plena transformación y a punto de entrar en una nueva dimensión. Una banda imprevisible, feroz y técnicamente descomunal que aquí demuestra por qué aquella etapa sigue siendo considerada una de las cumbres absolutas del rock progresivo.

Un viaje sonoro a un King Crimson en estado puro, justo antes de que Red pusiera el broche de oro a una de sus épocas más legendarias.

King Crimson 

bass   vocals  John Wetton


violin and keyboard  David Cross


drums Bill Bruford


guitar  Robert Fripp  


TRACKS


1. The Night Watch.


2. Starless.


3. Easy Money.


4. The Great Deceiver.


5. Lament.


6. Exiles.


7. 21st. Century Schizoid Man.

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sábado, 15 de agosto de 2026

ESPECIAL AGOSTO 2026 "Knebworth '90 - 1990-06-30" Part II

KNEBWORTH ’90: EL DÍA EN QUE LOS GIGANTES DEL ROCK SE REUNIERON EN UN MISMO ESCENARIO
Parte 2: Cuando llegó la noche

La tarde comenzaba a desaparecer sobre Knebworth Park, pero la jornada estaba todavía muy lejos de terminar. A esas alturas, el público llevaba ya muchas horas de música y por el escenario habían pasado Tears for Fears, Status Quo, Cliff Richard & The Shadows, Robert Plant con la aparición de Jimmy Page, además de Phil Collins y Genesis. Un cartel que, por sí solo, habría bastado para convertir cualquier festival en histórico, pero aquel 30 de junio de 1990 parecía empeñado en demostrar que lo imposible podía reunirse en un mismo escenario. Todavía quedaban Eric Clapton, Dire Straits, Elton John, Paul McCartney y Pink Floyd, y la noche iba a traer algunos de los momentos más recordados de aquella gigantesca celebración del rock.

Cuando Eric Clapton apareció sobre el escenario, lo hizo como uno de los músicos más respetados de su generación. Su historia hablaba por sí sola: The Yardbirds, John Mayall & The Bluesbreakers, Cream, Blind Faith, Derek and the Dominos y una extraordinaria carrera en solitario que lo había convertido en una figura esencial del blues y el rock británico. Clapton no necesitaba grandes artificios; una guitarra era suficiente para captar la atención de aquella multitud. Su actuación encajó perfectamente en el espíritu de Knebworth, un festival que estaba reuniendo a músicos que habían acompañado a varias generaciones y que ahora regresaban ante una multitud para recordar por qué sus canciones habían sobrevivido al paso del tiempo. Pero Knebworth era también un lugar para los encuentros y, durante la parte final de la jornada, hubo un músico que terminó apareciendo una y otra vez junto a diferentes artistas: Mark Knopfler.


El líder de Dire Straits se convirtió prácticamente en uno de los hilos conductores de aquella parte del festival. Knopfler participó junto a otros artistas y su guitarra, inmediatamente reconocible, parecía encajar con absoluta naturalidad junto a músicos de generaciones y estilos diferentes. Se encontraba entonces en uno de los puntos más altos de su carrera, después de que Dire Straits hubiera pasado de los pequeños locales a convertirse en una de las bandas más grandes del planeta gracias, en buena medida, al éxito gigantesco de *Brothers in Arms*. Sin embargo, aquella noche tenía algo diferente. No parecía tratarse simplemente de salir al escenario, interpretar los grandes éxitos y marcharse, sino de una reunión entre músicos que habían compartido buena parte de la historia reciente del rock.

La aparición de Dire Straits tenía además un significado especial porque la banda había permanecido relativamente alejada de los escenarios después de la gigantesca gira de *Brothers in Arms*. Knebworth suponía, por tanto, una de esas apariciones capaces de despertar inmediatamente el interés de millones de seguidores. Cuando Mark Knopfler y sus compañeros ocuparon el escenario, el público volvió a encontrarse con una banda construida alrededor de una guitarra única. No hacía falta ver quién estaba tocando para reconocerla; bastaban unas pocas notas. La música de Dire Straits poseía esa extraña capacidad de sonar sofisticada y, al mismo tiempo, cercana, con canciones capaces de llenar un estadio sin perder la sensación de estar siendo interpretadas casi al oído. Aquella actuación sería también una especie de anticipo de lo que estaba por llegar, porque poco después Dire Straits regresaría oficialmente a la actividad para grabar *On Every Street*, publicado en 1991, y emprender una última y gigantesca gira mundial. Pero aquella noche en Knebworth pertenecía todavía a otro momento: el de una banda que regresaba ante una multitud y recordaba, sin necesidad de demasiadas explicaciones, por qué se había convertido en una de las formaciones más importantes de su tiempo.


Después llegó Elton John, otra de las grandes figuras que habían contribuido a construir la música popular de las décadas anteriores. A esas alturas de su carrera, muchas de sus canciones habían dejado de pertenecer únicamente a su autor para convertirse en parte de la memoria colectiva. Miles de personas podían reconocerlas desde los primeros acordes y cantarlas como parte de sus propias vidas, y esa es probablemente una de las mayores victorias que puede conseguir un músico: escribir canciones que terminan formando parte de los recuerdos de personas a las que nunca conocerá. Elton John representaba otra pieza fundamental de aquel enorme mosaico musical. Había atravesado los años setenta y ochenta acumulando canciones, cambios, excesos, éxitos y momentos difíciles, pero seguía allí, sentado frente a su piano y ante una multitud gigantesca, todavía capaz de convertir un escenario monumental en algo sorprendentemente íntimo. En Knebworth, cada actuación parecía abrir la puerta a otra leyenda y la siguiente sería una de las más importantes de todas.

La presencia de Paul McCartney elevaba todavía más la dimensión histórica del acontecimiento. Hablar de McCartney era hablar inevitablemente de The Beatles, pero también de Wings y de una larga carrera en solitario que llevaba décadas construyendo su propio camino. En 1990 acababa de regresar de una de las giras más importantes de su carrera y, después de años sin realizar grandes giras mundiales, había vuelto a interpretar en directo muchas canciones de The Beatles. Para varias generaciones de seguidores aquello había sido algo extraordinario: canciones que parecían pertenecer a una época desaparecida volvían a sonar sobre grandes escenarios. Ahora McCartney estaba en Knebworth y su actuación fue uno de esos momentos en los que la historia parecía detenerse durante unos minutos. Frente a él había decenas de miles de personas, muchas de las cuales ni siquiera habían nacido cuando The Beatles se separaron y que, sin embargo, conocían aquellas canciones, las cantaban y las habían hecho suyas. Ese era, en realidad, el verdadero poder de la música reunida aquel día: no importaba demasiado cuándo había sido escrita una canción, porque si había conseguido sobrevivir, seguía viva.

La noche había caído finalmente sobre Knebworth y, después de tantas horas de música, el cansancio comenzaba a pesar entre el público. Sin embargo, nadie quería marcharse porque todavía quedaba el último nombre del cartel: Pink Floyd. Y como si el propio cielo quisiera participar en el espectáculo, comenzó a llover. No era precisamente el final más cómodo para quienes llevaban todo el día en el recinto, pero con el paso de los años aquella lluvia terminaría formando parte de la leyenda. Pink Floyd bajo un cielo oscuro, rodeados de luces, humo y agua, parecía casi una imagen diseñada para su propia música.

En 1990, Pink Floyd era ya una banda diferente a la que había grabado *The Dark Side of the Moon*, *Wish You Were Here*, *Animals* o *The Wall*. Roger Waters ya no estaba, pero David Gilmour, Nick Mason y Richard Wright habían continuado adelante y habían demostrado durante la enorme gira de *A Momentary Lapse of Reason* que Pink Floyd seguía siendo capaz de llenar estadios en todo el mundo. Sin embargo, Knebworth no era una fecha más de aquella gira, sino una ocasión especial. La banda preparó una actuación relativamente breve para sus estándares, pero rodeada de músicos excepcionales e invitados. El saxofonista Candy Dulfer participó en “Shine On You Crazy Diamond”, mientras Clare Torry volvió a enfrentarse a la impresionante parte vocal de “The Great Gig in the Sky”, la canción que había ayudado a convertir en inmortal en 1973. La lluvia seguía cayendo mientras las luces atravesaban la oscuridad y Pink Floyd hacía lo que mejor sabía hacer: transformar un concierto en una experiencia. Sonaron “Shine On You Crazy Diamond”, “Sorrow”, “Money”, “Comfortably Numb” y “Run Like Hell”, y aunque no se trataba de un concierto de tres horas, cada canción parecía elegida para cerrar una jornada gigantesca.

Entonces llegó “Comfortably Numb” y la guitarra de David Gilmour se elevó sobre Knebworth mientras la lluvia continuaba cayendo. Aquella imagen terminaría convirtiéndose en una de las más recordadas del festival. Habían pasado muchas horas desde que los primeros músicos aparecieron sobre el escenario y ahora todo estaba llegando a su final. Cuando Pink Floyd terminó su actuación y las luces comenzaron a apagarse, Knebworth Park quedó atrás, pero lo ocurrido aquel día ya había adquirido una dimensión que iba mucho más allá de un simple festival.

Knebworth ’90 fue, en realidad, la fotografía de un momento muy concreto de la historia de la música. Poco después, el mundo del rock cambiaría radicalmente con la llegada de Nirvana, Pearl Jam, Soundgarden y toda una nueva generación que transformaría la estética, la industria y la propia forma en que el público miraba a las grandes estrellas del rock. Por eso, visto desde la distancia, Knebworth ’90 tiene algo de despedida, aunque nadie fuera consciente de ello en aquel momento. Aquel escenario había conseguido reunir a buena parte de los músicos que habían construido el rock y el pop británico durante las tres décadas anteriores: desde Cliff Richard & The Shadows hasta Paul McCartney, desde el blues de Eric Clapton hasta el rock de Genesis y Pink Floyd, desde Robert Plant y Jimmy Page hasta Dire Straits, y desde Elton John hasta Phil Collins. Eran diferentes generaciones compartiendo un mismo día y demostrando que, pese al paso del tiempo, aquellas canciones continuaban teniendo un enorme poder.

Hoy resulta casi imposible imaginar un cartel semejante, no solamente por el número de artistas, sino por el peso histórico de cada uno de ellos. Muchos podían llenar estadios por separado, algunos habían vendido decenas de millones de discos y otros habían formado parte de grupos que cambiaron para siempre la historia de la música, pero durante unas horas todos estuvieron allí, en Knebworth, el 30 de junio de 1990. Las grabaciones de aquella jornada, difundidas a través de la radio y la televisión y conservadas posteriormente en diferentes ediciones y registros no oficiales, permiten regresar a aquel día, aunque escucharlas hoy produce una sensación diferente. Ya no escuchamos solamente un concierto: escuchamos una época, una época en la que los grandes nombres del rock todavía podían reunirse sobre un mismo escenario y hacer que una multitud permaneciera durante horas esperando la siguiente canción.

Los músicos continuaron después con sus carreras, el público regresó a casa y el mundo siguió cambiando, pero aquel día quedó detenido en el tiempo. Knebworth ’90 no fue simplemente un gran festival, sino una de esas jornadas excepcionales en las que la historia del rock decidió reunirse en un mismo lugar y, durante unas horas, hacer que pareciera posible reunir varias décadas de música delante de una misma multitud.

Han pasado más de tres décadas desde aquel 30 de junio de 1990, pero las grabaciones siguen ahí, esperando a que alguien vuelva a pulsar el play.

Eso es, al final, lo que hace especiales a estos documentos. No importa cuánto tiempo haya pasado. Durante unas horas podemos regresar a Knebworth, mezclarnos entre aquella multitud y escuchar de nuevo a algunos de los músicos que escribieron la historia del rock.

Las luces se apagaron, el público regresó a casa y cada artista continuó su camino. Pero la música quedó atrapada en las cintas.

Y mientras esas grabaciones sigan circulando, **Knebworth ’90 nunca terminará del todo**.

Phil Collins & Genesis
01. Rob Lowe Introduction
02. In The Air Tonight
03. Colours > Drum Duet
04. Another Day In Paradise
05. Sussudio
06. Mama
07. That's All
08. Throwing It All Away
09. Turn It On Again 
10. Simon Bates Interview With Eric Clapton
11. Simon Bates Interview With Jed, The Helicopter Organiser 
12. Bob Harris Interview With Sam Brown

Eric Clapton with Dire Straits & Elton John
01. Dave Dee Introduction
02. Pretending
03. Before You Accuse Me
04. Old Love
05. Tearing Us Apart
06. Solid Rock
07. I Think I Love You Too Much
08. Money For Nothing
09. Sacrifice
10. Sad Songs (Say So Much)
11. Saturday Night's Alright (For Fighting)
12. Sunshine Of Your Love
13. Bob Harris Interview With Cathy McGowan & Timothy Dalton 

Paul McCartney
01. Cathy McGowan & Timothy Dalton Introduction
02. Coming Up
03. Back In The USSR
04. I Saw Her Standing There 
05. We Got Married
06. Birthday
07. Let It Be
08. Live And Let Die
09. If I Were Upon The Stage
10. Hey Jude
11. Strawberry Fields Forever
12. Help!
13. Give Peace A Chance
14. Yesterday
15. Can't Buy Me Love
16. Bob Harris Interview With Paul McCartney
17. Simon Bates Interview With Lord Cobbold
18. Bob Harris Interview With Jim Capaldi
19. Simon Bates Interview With Sgt Timble
20. Simon Bates Interview With George Martin
21. Richard Skinner Interview With Tommy Vance
22. Bob Harris Interview With Dave Gilmour
23. Simon Bates Interview With Dave Dee

Pink Floyd:
01. Tommy Vance Introduction
02. Shine On You Crazy Diamond (Part I-V)
03. The Great Gig In The Sky
04. Wish You Were Here
05. Sorrow
06. Money
07. Comfortably Numb 
08. Run Like Hell 

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martes, 14 de julio de 2026

ESPECIAL JULIO 2026 "Knebworth '90 - 1990-06-30" Part I

Hay grabaciones que son mucho más que un simple documento sonoro. Son pequeñas máquinas del tiempo. Basta pulsar el play, cerrar los ojos y dejar que el ruido del público nos devuelva a un lugar y a un momento que ya no existen.

Esta vez viajamos hasta el **30 de junio de 1990**, a Knebworth Park. Sobre aquel escenario se reunió un cartel que hoy parece casi imposible: Pink Floyd, Paul McCartney, Eric Clapton, Dire Straits, Genesis, Robert Plant, Jimmy Page, Elton John, Phil Collins, Tears for Fears, Status Quo y muchas otras figuras esenciales de varias generaciones.

A través de las grabaciones que sobrevivieron a aquella jornada regresamos a uno de los grandes acontecimientos musicales de su tiempo. Durante **dos entregas** recorreremos su historia, sus protagonistas y algunos de los momentos que convirtieron Knebworth ’90 en una fecha difícil de olvidar.

Subid el volumen.

**Volvemos a Knebworth. Volvemos a 1990.**


KNEBWORTH ’90: EL DÍA EN QUE LOS GIGANTES DEL ROCK SE REUNIERON EN UN MISMO ESCENARIO

Parte 1: Una jornada irrepetible

Hay conciertos que se recuerdan por una actuación. Otros, por una canción, una reunión inesperada o simplemente por haber ocurrido en el momento adecuado. Y después están acontecimientos como Knebworth ’90, una de esas jornadas en las que, al mirar el cartel más de tres décadas después, uno tiene la sensación de estar contemplando algo que difícilmente podría volver a repetirse.

El 30 de junio de 1990, los enormes terrenos de Knebworth Park, en Hertfordshire, Inglaterra, volvieron a convertirse en uno de los grandes templos mundiales de la música en directo. Por aquel escenario habían pasado durante años algunos de los nombres más importantes del rock, pero aquella jornada iba a ser diferente.

No se trataba simplemente de otro festival.

Oficialmente, el acontecimiento fue presentado como The Silver Clef Award Winners Concert, una reunión de artistas que habían sido reconocidos con el prestigioso Silver Clef Award. El objetivo era benéfico y los beneficios estaban destinados a apoyar la labor de Nordoff and Robbins, organización dedicada a la musicoterapia. El dinero obtenido contribuiría al desarrollo de un nuevo centro de musicoterapia en Londres.

Pero sobre el papel había algo todavía más impresionante: el cartel.

Tears for Fears. Status Quo. Cliff Richard & The Shadows. Robert Plant. Jimmy Page. Genesis. Phil Collins. Eric Clapton. Dire Straits. Elton John. Paul McCartney. Pink Floyd.

Leer esos nombres uno detrás de otro sigue produciendo vértigo.

No eran grupos emergentes compartiendo escenario con alguna gran estrella como cabeza de cartel. Buena parte de los músicos que actuaron aquel día podían, por sí solos, llenar estadios. Muchos habían escrito capítulos fundamentales de la historia del rock y del pop británico. Algunos pertenecían a generaciones diferentes, pero todos compartían algo: habían alcanzado un lugar reservado a muy pocos.

Se calcula que alrededor de 120.000 personas se reunieron aquel día en Knebworth. El concierto fue además difundido por radio, con emisión de la BBC Radio 1 y distribución internacional a través de otras cadenas, lo que ayudó a convertir aquella jornada en un acontecimiento mucho mayor que el vivido por quienes estuvieron físicamente frente al escenario.

1990: el final de una época y el comienzo de otra

Para comprender la importancia de Knebworth ’90 hay que situarse en aquel momento.

El rock estaba cambiando.

Los años ochenta acababan de terminar. Las grandes producciones, los estadios, los sintetizadores, los enormes escenarios y las giras multimillonarias habían llevado la música en directo a una escala nunca vista. Pero algo nuevo comenzaba a moverse bajo la superficie.

En pocos meses, el rock alternativo y el grunge cambiarían buena parte del panorama musical. Una nueva generación estaba esperando su momento. El mundo que había dominado las décadas anteriores comenzaba lentamente a transformarse.

Y, casi sin saberlo, Knebworth ’90 reunió en una sola jornada a buena parte de los protagonistas de aquel viejo mundo.

Allí estaban músicos procedentes de los años sesenta, como Paul McCartney, Eric Clapton, Cliff Richard o The Shadows. Artistas que habían definido los setenta, como Pink Floyd, Genesis, Robert Plant o Elton John. Y grupos que habían dominado buena parte de los ochenta, como Dire Straits o Tears for Fears.

Era como abrir un enorme libro de historia de la música británica y permitir que muchas de sus páginas cobraran vida durante unas horas.

Knebworth: un lugar con historia

El escenario tampoco era casual.

Knebworth ya tenía su propia mitología.

Desde los años setenta, sus enormes terrenos habían acogido conciertos históricos. Allí habían actuado bandas como Pink Floyd, The Rolling Stones, Led Zeppelin, Genesis, Frank Zappa o Deep Purple. Para los aficionados británicos, Knebworth no era simplemente un recinto: era uno de esos lugares cuyo nombre estaba unido para siempre a la historia de los grandes conciertos al aire libre.

El 30 de junio de 1990, esa historia iba a escribir uno de sus capítulos más ambiciosos.

Desde primeras horas del día, miles de personas fueron ocupando el enorme recinto. Les esperaba una auténtica maratón musical. No había un único cabeza de cartel. En cierto modo, casi todos podían serlo.

Tears for Fears: comenzar el día desde lo más alto

La responsabilidad de abrir semejante jornada recayó en Tears for Fears.

Y aquello ya decía mucho sobre el nivel del festival.

En 1990, Tears for Fears no era precisamente una banda menor. El grupo había alcanzado un enorme éxito internacional durante la década anterior y llegaba a Knebworth después de publicar The Seeds of Love, un disco ambicioso y elaborado que había confirmado que su música iba mucho más allá del pop electrónico con el que algunos todavía intentaban etiquetarlos.

A primera hora de la tarde, mientras buena parte del público continuaba acomodándose en el recinto, canciones conocidas por millones de personas comenzaron a sonar en Knebworth.

Era solo el principio.

En cualquier otro festival, Tears for Fears podrían haber ocupado una posición privilegiada en el cartel. Allí eran simplemente los encargados de abrir una jornada en la que cada actuación parecía anunciar otra todavía más grande.

Status Quo: el rock sin complicaciones

Después llegó Status Quo.

Si había una banda preparada para tocar ante una multitud semejante sin necesidad de demasiadas presentaciones, era aquella. Su fórmula era conocida: guitarras, ritmo, volumen y rock and roll directo.

Status Quo representaba algo esencial en un cartel lleno de leyendas: la conexión inmediata con el público.

No hacían falta grandes conceptos ni escenografías imposibles. Bastaban los primeros acordes para poner en movimiento a decenas de miles de personas.

En un festival de estas características, donde el público debía permanecer durante muchas horas frente al escenario, una banda como Status Quo era prácticamente una garantía. Su actuación ayudó a convertir la enorme explanada de Knebworth en una celebración colectiva.

Y todavía quedaba casi todo por llegar.

Cliff Richard y The Shadows: las raíces

La presencia de Cliff Richard & The Shadows aportaba una dimensión histórica muy especial.

Antes de que The Beatles cambiaran el mundo, antes de la explosión de los grandes grupos británicos de los sesenta, Cliff Richard y The Shadows ya habían ayudado a construir una identidad propia para el rock británico.

Verlos en aquel escenario, rodeados por artistas que habían aparecido después y que, de una forma u otra, habían heredado parte de aquel camino, era como asistir a una reunión entre diferentes generaciones de la música popular británica.

Knebworth ’90 no miraba únicamente al presente.

También miraba hacia atrás.

Era una celebración de varias décadas de música.

Robert Plant y la aparición de Jimmy Page

Y entonces llegó uno de esos momentos que convierten un gran concierto en algo verdaderamente histórico.

Robert Plant apareció en escena.

Hacía diez años que Led Zeppelin había terminado su historia tras la muerte de John Bonham. Durante la década de los ochenta, Plant había construido una sólida carrera en solitario y había intentado mantener cierta distancia respecto al gigantesco pasado de su antigua banda.

Pero Knebworth era un lugar especial.

Led Zeppelin había protagonizado allí dos conciertos legendarios en agosto de 1979. Para muchos seguidores, regresar a Knebworth significaba inevitablemente recordar aquellas noches.

Y durante la actuación de Plant apareció Jimmy Page.

Por unos instantes, el pasado volvió a estar presente.

No era una reunión oficial de Led Zeppelin. No podía serlo. Pero ver nuevamente a Plant y Page compartiendo un escenario en Knebworth tenía un enorme peso emocional y simbólico. Dos hombres cuya música había definido una época volvían a encontrarse en uno de los lugares más vinculados a la historia de su antigua banda.

En un festival lleno de estrellas, aquel fue uno de los momentos que quedaron grabados en la memoria colectiva.

Genesis y Phil Collins: dos mundos que eran uno

La jornada continuó con otra de las grandes instituciones de la música británica: Genesis.

En 1990, la banda se encontraba en una posición extraordinaria. Había conseguido algo que muy pocos grupos de rock progresivo habían logrado: sobrevivir a los cambios de época y convertirse en una de las formaciones más populares del planeta.

Y en el centro de todo estaba Phil Collins.

Su caso era prácticamente único. Era el cantante y batería de Genesis y, al mismo tiempo, una de las mayores estrellas en solitario del mundo.

En Knebworth, esas dos identidades se encontraron.

Phil Collins apareció como artista en solitario y también junto a Genesis, convirtiéndose en uno de los grandes protagonistas de la jornada. Era una demostración del extraordinario momento profesional que atravesaba.

Genesis representaba además otro de los grandes hilos invisibles que recorrían aquel festival. Habían pasado de las largas composiciones progresivas de los setenta a dominar las listas de éxitos durante los ochenta sin perder completamente su identidad.

Su presencia conectaba varias épocas.

Y eso era precisamente Knebworth ’90.

Una enorme reunión de generaciones.

Cuando comenzó a caer la tarde

A medida que avanzaban las horas, el festival entraba en otra dimensión.

Miles de personas llevaban ya buena parte del día frente al escenario. Habían visto pasar a Tears for Fears, Status Quo, Cliff Richard & The Shadows, Robert Plant junto a Jimmy Page y Genesis con Phil Collins.

En cualquier otro acontecimiento, aquello habría sido suficiente para llenar varios festivales.

Pero Knebworth ’90 todavía guardaba algunas de sus cartas más importantes.

Eric Clapton. Dire Straits. Elton John. Paul McCartney. Pink Floyd.

La noche apenas estaba comenzando.

Y sería precisamente entonces cuando aquella reunión de estrellas terminaría convirtiéndose en una de las jornadas más extraordinarias de la historia del rock.

BOOTLEG

The Silver Clef Award Winners Concert 1990-06-30 Knebworth Park, Herfordshire, England PART1



Tears For Fears:

01. Dave Dee Introduction

02. Head Over Heels

03. Change

04. Pale Shelter

05. Sowing The seeds Of Love

06. All You Need Is Love

07. Advice For The Young At Heart

08. I've Got To Sing My Song

09. Badman's Song

10. Everybody Wants To Rule The World

11. Marsha Richardson Interview With Curt Smith


Status Quo:

01. Mark Goodyear Introduction

02. Caroline  

03. Mystery Song

04. Railroad

05. Most Of THe Time

06. Wild Side Of Life

07. Rollin' Home

08. Again And Again  

09. Slow Train              

10. Hold You Back      

11. Dirty Water          

12. Whatever You Want          

13. In The Army Now

14. Rockin' All Over The World

15. Don't Waste My Time

16. Roadhouse Blues

17. The Wanderer

18. Marguerita Time

19. Living On An Island

20. Break The Rules

21. Something 'Bout You Baby I Like

22. Price Of Love

23. Roadhouse Blues (Reprise)

24. Bob Harris Interview With Lol Creme & Kevin Godley 

25. Bob Harris Interview With Cliff Richard


Cliff Richard & The Shadows:

01. Mike Read Introduction

02. Move It

03. Summer Holiday

04. The Young Ones

05. On The Beach

06. Living Doll

07. Good Golly Miss Molly

08. Bachelor Boy

09. I Could Easily Fall (In Love With You)

10. Do You Wanna Dance

11. In The Country

12. It'll Be Me

13. Shake, Rattle And Roll

14. We Don't Talk Anymore

15. Simon Bates Interview With Bruce Welch

16. Simon Bates Interview With Cliff Richard

17. Westwood One Radio Interview With Curt Smith, Charlie Jones & Phil Johnstone

18. Gary Davies Interview With Robert Plant  


Robert Plant & Jimmy Page

01. Gary Davies Introduction

02. Hurting Kind (I've Got My Eyes On You)

03. Immigrant Song  

04. Tie Dye On The Highway

05. Liar's Dance

06. Going To California

07. Nirvana

08. Tall Cool One

09. Misty Mountain Hop

10. Wearing And Tearing

11. Rock And Roll

12. Dave Dee Stage Announcement

13. Curt Smith Interview With Robert Plant

14. Bob Harris Interview With Hamish Stuart

15. Bob Harris Interview With Elton John

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Continuará en la segunda parte…


lunes, 15 de junio de 2026

ESPECIAL JUNIO 2026 "Black Sabbath Paranoid 1970"

Paranoid: El rugido de una humanidad rota bajo el humo de Birmingham

En 1970 el mundo olía a humo, gasolina y desencanto. La resaca del sueño hippie empezaba a pudrirse lentamente mientras las calles de Inglaterra seguían llenas de fábricas apagadas, barrios obreros grises y jóvenes que ya intuían que el futuro no iba a parecerse a las promesas de los años sesenta. En medio de aquella niebla industrial apareció una banda salida de Birmingham que sonaba como una máquina oxidada arrastrándose por el infierno. Se llamaban Black Sabbath.

Y entonces llegó Paranoid.

Paranoid no fue solamente un disco. Fue un terremoto lento. Un portazo. Una advertencia. Hay álbumes que acompañan una época y otros que directamente la cambian. Este pertenece al segundo grupo.

La historia tiene algo de milagro improvisado. El grupo apenas había terminado de grabar su primer disco, oscuro y amenazante, cuando la discográfica les pidió otro trabajo rápidamente para aprovechar el impulso. No había tiempo para perfeccionismos. No había estrategia artística sofisticada. Sólo cuatro tipos exhaustos, con poco dinero, viviendo casi permanentemente en la carretera y tratando de transformar ansiedad en sonido.

Pero precisamente ahí nació la magia.

Birmingham no era Londres. No tenía glamour ni psicodelia colorida. Era acero, humo y rutina obrera. Eso se escucha en cada segundo de Paranoid. El sonido de Tony Iommi parece construido con vigas metálicas; el bajo de Geezer Butler avanza como un motor subterráneo; la batería de Bill Ward suena humana, nerviosa, casi salvaje; y la voz de Ozzy Osbourne no canta desde la técnica perfecta sino desde una especie de desesperación vulnerable que convirtió sus defectos en identidad.

Lo fascinante es que muchos de los temas nacieron deprisa. “Paranoid”, la canción, ni siquiera iba a ser el gran himno del álbum. La compusieron casi como relleno porque faltaba material. En apenas unos minutos surgió aquel riff nervioso y urgente que terminaría definiendo generaciones enteras. Hay algo profundamente irónico en eso: una de las canciones más inmortales de la historia del rock nació prácticamente por accidente.

Pero escuchar “Paranoid” hoy sigue teniendo algo inquietante. No envejece porque habla de una ansiedad que nunca desapareció. La letra no es la típica rebeldía juvenil vacía. Habla de aislamiento, de desconexión emocional, de no encontrar sentido. Décadas antes de que el mundo hablara abiertamente de depresión o salud mental, aquellos tipos ya estaban poniendo angustia psicológica sobre amplificadores gigantescos.



Y luego está “War Pigs”.

Pocas veces el heavy metal ha sido tan cinematográfico. La canción avanza como una marcha hacia el apocalipsis. No habla de héroes gloriosos sino de políticos enviando jóvenes a morir mientras observan desde la distancia. La sombra de Vietnam estaba presente aunque el grupo fuese británico. El planeta entero parecía caminar hacia la paranoia colectiva de la Guerra Fría.

Cuando Ozzy canta aquellas líneas iniciales, no parece un cantante de rock; parece alguien leyendo una profecía desde una fábrica abandonada.

Después llega “Iron Man”, quizá uno de los riffs más reconocibles jamás escritos. Ese riff no entra: aplasta. Y aun así la historia detrás de la canción es extraña, casi de ciencia ficción trágica. Un hombre viaja al futuro, ve el fin del mundo y al regresar se convierte en el monstruo que todos temían. Bajo la apariencia fantástica había otra vez una idea profundamente humana: el miedo al rechazo, a la incomprensión y a la destrucción inevitable.

Eso era Paranoid: terror existencial disfrazado de rock pesado.

El álbum también tenía momentos inesperadamente psicodélicos y melancólicos. “Planet Caravan” parece un viaje flotando entre estrellas después de haber sobrevivido a una guerra. La voz de Ozzy, procesada y fantasmal, crea una sensación casi hipnótica. Ahí se entiende algo importante sobre Black Sabbath: nunca fueron simplemente una banda “dura”. Había sensibilidad, rareza, incluso poesía triste detrás de toda aquella distorsión.

Y quizá eso explica por qué el disco sigue vivo más de medio siglo después.

Muchos grupos posteriores copiaron la pesadez, los riffs lentos o la estética oscura. Pero pocos lograron reproducir la humanidad de Paranoid. Porque debajo del volumen había miedo real. Cansancio real. Rabia obrera auténtica. Estos músicos no parecían estrellas inalcanzables; parecían supervivientes.

Escuchar el álbum completo es como atravesar una ciudad industrial bajo una tormenta eléctrica. Cada canción tiene olor a lluvia sobre asfalto, a bares medio vacíos, a noches interminables después del trabajo. Incluso el sonido imperfecto ayuda. No está pulido como las producciones modernas. Respira. Tiene errores, suciedad y tensión humana.

Eso es precisamente lo que lo hace eterno.

Con el tiempo, Paranoid terminó convirtiéndose en uno de los pilares absolutos del heavy metal. Sin él probablemente no existirían miles de bandas posteriores: desde el doom más oscuro hasta el metal extremo, pasando por el stoner, el grunge e incluso parte del rock alternativo moderno. Todos heredaron algo de aquellas sesiones improvisadas de 1970.

Pero reducirlo sólo a “el nacimiento del metal” sería injusto.

Porque Paranoid también captura algo universal: la sensación de estar perdido en un mundo que avanza demasiado rápido. La ansiedad moderna antes de internet. La alienación antes de los teléfonos móviles. El miedo colectivo convertido en música pesada.

Y quizá por eso sigue emocionando.

Porque cuando termina el disco queda una sensación extraña: no parece hecho por dioses del rock, sino por cuatro hombres intentando entender un mundo roto mientras los amplificadores rugían detrás de ellos.

Y tal vez ahí reside la grandeza de Paranoid.

No en haber inventado un género.

Sino en haber transformado la oscuridad humana en arte inmortal.


Gira de Paranoid (1970-1971)

Hay bandas que salen de gira para presentar un disco. Y luego está Black Sabbath, que salió a la carretera sin saber que estaba inventando un género.

Era 1970 y los cuatro seguían siendo chavales de Birmingham. No eran estrellas del rock; eran hijos de obreros que habían crecido entre fábricas, humo y barrios grises. Quizá por eso su música sonaba tan pesada. No intentaban parecer oscuros: simplemente reflejaban el mundo que conocían.

La gira de Paranoid comenzó casi sin tiempo para respirar. El disco acababa de salir y nadie imaginaba hasta dónde llegaría. Ozzy Osbourne seguía siendo aquel cantante desgarbado que parecía más cómodo entre bastidores que frente a miles de personas. Tony Iommi viajaba obsesionado con sacar el mejor sonido posible a su guitarra, luchando cada noche contra el dolor de sus dedos mutilados. Geezer Butler hablaba poco y observaba mucho; prefería escribir sobre guerras y pesadillas antes que conceder entrevistas. Y Bill Ward vivía cada concierto como si fuese el último, golpeando la batería con una intensidad casi salvaje.

Las carreteras eran largas. Las habitaciones de hotel, pequeñas y muchas veces compartidas. El dinero empezaba a llegar, pero aún no lo suficiente para sentirse ricos. Pasaban horas encerrados en una furgoneta, fumando, bromeando y discutiendo por tonterías, como cualquier grupo de amigos obligado a convivir demasiado tiempo.

Pero todo cambiaba cuando se apagaban las luces.

El público no sabía muy bien qué esperar. Muchos habían ido atraídos por una canción corta y pegadiza llamada Paranoid, pero se encontraban con algo mucho más grande. Entonces sonaba la sirena de War Pigs y el ambiente se volvía extraño. Algunos espectadores levantaban los puños; otros permanecían inmóviles, hipnotizados por aquella música lenta y amenazadora que parecía anunciar el fin del mundo.

Ozzy recorría el escenario sin parar. A veces parecía perdido, otras veces actuaba como un chamán loco intentando despertar a la multitud. Tony apenas se movía. Permanecía firme, concentrado, dejando que los riffs hablaran por él. Geezer agachaba la cabeza y hacía rugir el bajo como una locomotora. Y Bill, sudando desde la primera canción, golpeaba los tambores con una mezcla de técnica y pura rabia.

No había fuegos artificiales ni pantallas gigantes. Ni siquiera había una imagen cuidadosamente diseñada. Solo cuatro músicos vestidos de negro y una montaña de amplificadores al borde de la explosión.

Algunos críticos los despreciaban. Decían que aquello no era música, que era ruido, una moda pasajera. Pero cada noche había más gente en las salas. Más chavales con el pelo largo que encontraban en aquellas canciones algo que el rock de entonces ya no les daba: miedo, furia y sinceridad.

Y los miembros de Black Sabbath tampoco estaban preparados para lo que estaba ocurriendo.

Después de los conciertos seguían sintiéndose los mismos. Ozzy aún dudaba de sí mismo. Tony se preocupaba por cada error. Geezer prefería refugiarse en sus libros de ciencia ficción y Bill ahogaba el cansancio con alcohol. Mientras tanto, sin darse cuenta, estaban cambiando la historia del rock.

Hubo noches memorables y otras terribles. Conciertos donde todo sonaba perfecto y otros en los que el agotamiento pesaba demasiado. Pero incluso en las peores actuaciones había algo especial: la sensación de estar viendo a una banda empujando los límites de la música, sin preocuparse por si gustaba o no.

Cuando la gira terminó, Black Sabbath ya no era un grupo prometedor de Birmingham. Era un fenómeno mundial.

Sin embargo, quizá lo más hermoso es pensar que ellos no lo sabían mientras ocurría.

Solo eran cuatro amigos viajando por carreteras interminables, tocando canciones oscuras ante desconocidos, intentando ganarse la vida.

Y en ese intento, casi por accidente, crearon la banda sonora de millones de personas y dieron forma a un género entero.

Eso es lo que hace grande a la gira de Paranoid: no fue el triunfo de unas estrellas.

Fue el momento en que cuatro chicos normales descubrieron que podían hacer ruido... y ese ruido acabaría siendo eterno.

BOOTLEG

Black Sabbath - París, 1970



En 1970, Black Sabbath llegó a París siendo una banda joven que apenas empezaba a comprender el impacto que estaba causando su música. Lejos de la imagen legendaria que adquirirían años después, Ozzy Osbourne, Tony Iommi, Geezer Butler y Bill Ward se presentaban ante el público como cuatro muchachos de Birmingham con más ilusión que certezas.

El concierto estuvo marcado por la fuerza de unas canciones que sonaban diferentes a todo lo que se había escuchado hasta entonces. Temas como War Pigs, Iron Man o Paranoid llenaron la sala de riffs pesados y letras oscuras que sorprendieron a muchos asistentes. Ozzy, inquieto y cercano, trataba de conectar con el público mientras Tony Iommi permanecía concentrado en su guitarra, creando un sonido poderoso que acabaría definiendo el heavy metal.

Más allá de la música, lo que hacía especial aquella actuación era la naturalidad del grupo. No había grandes efectos ni una puesta en escena espectacular; solo cuatro músicos entregándose por completo a sus canciones. Aún no eran conscientes de que estaban escribiendo una página importante en la historia del rock, y quizás por eso transmitían una autenticidad difícil de repetir.

Aquella noche, París no solo vio actuar a una gran banda. Fue testigo del nacimiento de una leyenda que, con el paso de los años, se convertiría en una de las mayores influencias de la música pesada.

Tracklist:


01 – Paranoid (Live)

02 – Hand Of Doom (Live)

03 – Iron Man (Live)

04 – Black Sabbath (Live)

05 – N.I.B. (Live)

06 – Behind The Wall Of Sleep (Live)

07 – War Pigs (Live)

08 – Fairies Wear Boots (Live)

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