"Is There Anybody Out There?" no es solo otro blog de música; es una expedición arqueológica sonora que desentierra tesoros musicales sepultados por el tiempo y el olvido. Con la pasión de un detective y el corazón de un poeta, el señor X se sumerge en las profundidades de álbumes que, aunque fundamentales, han sido injustamente relegados a las sombras de la historia musical prometiendo sacudir el polvo de esos vinilos olvidados. Cada entrada es una odisea que nos lleva de vuelta al momento en que estos discos vieron la luz, desentrañando las circunstancias que los vieron nacer y el eco que dejaron en el mundo. El blog no se conforma con reseñas superficiales. Aquí, la música se disecciona con el cuidado de un cirujano y se analiza con la minuciosidad de un científico. Pero no te equivoques, no es un ejercicio frío y académico. El señor X inyecta en cada palabra la pasión de un fan y la narrativa cautivadora de un contador de historias. "Is There Anybody Out There?" es más que un nombre; es un grito de guerra, un llamado a todos los amantes de la música a unirse en esta cruzada por redescubrir las joyas perdidas del panorama musical. Es una invitación a abrir los oídos y la mente, a sumergirse en sonidos que quizás pasamos por alto la primera vez, pero que merecen una segunda, tercera y enésima escucha. En un mundo saturado de listas de reproducción algorítmicas y éxitos prefabricados, este blog se erige como un faro para aquellos que buscan algo más profundo, más auténtico. Es un recordatorio de que detrás de cada disco hay una historia esperando ser contada, una pieza del rompecabezas cultural que merece ser encajada. Así que, si alguna vez te has preguntado si hay alguien más ahí fuera que aprecia la música como tú, que busca significado en cada nota y poesía en cada acorde, la respuesta es un rotundo sí. Y ese alguien te está esperando en "Is There Anybody Out There?", listo para embarcarse contigo en un viaje musical que promete ser tan emocionante como revelador.

martes, 14 de abril de 2026

ESPECIAL ABRIL 2026 "YES - DRAMA 1980"

YES - DRAMA 1980

Caminando al borde del abismo…

Hablar de Drama es hablar de uno de esos momentos en los que una banda parece caminar al borde del abismo… y, aun así, crea algo único. No es solo un disco: es una sacudida, una reacción casi instintiva de supervivencia dentro de Yes.

A finales de los 70, Yes no estaba precisamente en calma. Tras la marcha de dos pilares como Jon Anderson y Rick Wakeman, muchos pensaban que el grupo había perdido su esencia. Anderson no era solo una voz: era una identidad. Wakeman, por su parte, había convertido los teclados en algo casi sinfónico. Sin ellos, la pregunta era inevitable: ¿seguía siendo Yes… Yes?

La respuesta llegó en 1980, pero no como nadie esperaba.

Un cambio brusco… pero no vacío

En lugar de buscar sustitutos “parecidos”, la banda tomó una decisión arriesgada: incorporar a dos músicos procedentes de The Buggles, conocidos por el éxito de Video Killed the Radio Star. Así entraron Trevor Horn y Geoff Downes.

Sobre el papel, aquello parecía casi una herejía: ¿new wave dentro del rock progresivo más clásico? Pero precisamente ahí está la chispa de Drama. No intenta imitar el pasado. Lo rompe y reconstruye.

Desde el primer momento se nota que esto no es Close to the Edge ni Fragile. Es algo más directo, más tenso, más eléctrico. Como si la banda hubiera decidido dejar de mirar al cielo para clavar los pies en el suelo… sin perder del todo su ambición.

Sonido: tensión, precisión y oscuridad

Machine Messiah

Part I

Part II

Part III

White Car

Does It Really Happen?

Into The Lens

Run Through The Light

Tempus Fugit

El disco abre con “Machine Messiah”, y ya desde ahí se percibe una atmósfera distinta: más mecánica, más fría, casi industrial por momentos. La guitarra de Steve Howe sigue siendo elegante, pero más afilada. El bajo de Chris Squire ruge con una presencia brutal, sosteniendo todo con una fuerza casi física.

Y luego está la batería de Alan White, precisa, contenida, menos ornamental que en otras épocas, pero más contundente.

Trevor Horn, en la voz, no intenta ser Jon Anderson… y eso es clave. Su tono es más grave, más humano, menos etéreo. Donde Anderson parecía venir de otro plano, Horn suena como alguien que está aquí, luchando dentro de la canción. Al principio puede chocar, pero con el paso de los temas, cobra sentido: este disco necesitaba esa voz.

Canciones que construyen un estado de ánimo

“Tempus Fugit” es probablemente el momento más inmediato del álbum. Rítmica, casi urgente, con ese bajo hiperactivo de Squire que parece llevar el tema en volandas. Es Yes, sí… pero con una energía distinta, más cercana al nervio de los 80 que a la expansión de los 70.

“Into the Lens”, heredera directa del sonido de The Buggles, introduce capas electrónicas que, lejos de desentonar, amplían el universo del grupo. Aquí es donde se percibe mejor la fusión: no es una traición al progresivo, es una evolución rara, incómoda… pero fascinante.

Y luego están piezas como “Does It Really Happen?” o “Run Through the Light”, donde el grupo parece debatirse entre dos mundos: el viejo Yes, complejo y estructurado, y este nuevo enfoque más directo y moderno.


El disco no busca complacerte. Te exige adaptarte a él.

Recepción: incomprendido en su tiempo

Cuando salió, Drama fue recibido con cierta frialdad por parte de los fans más puristas. Muchos no aceptaban a Horn ni el cambio de sonido. En directo, la ausencia de Jon Anderson se hacía aún más evidente, y la gira fue complicada.

Pero con el paso del tiempo, algo curioso ocurrió: el álbum empezó a reivindicarse. Lo que antes parecía un error, comenzó a verse como una obra valiente. Un disco que no se limita a sobrevivir a una crisis… sino que la convierte en su motor creativo.

Una obra de transición… o de resistencia

Escuchar Drama hoy es como abrir una cápsula de un momento muy concreto: el final de una era y el inicio de otra. No es un disco cómodo, ni pretende serlo. Tiene una tensión constante, como si en cada tema la banda estuviera demostrando que aún tenía algo que decir.

Y lo tenía.

Quizá no sea el Yes más “puro”. Pero precisamente por eso es uno de los más humanos. Porque Drama no nace desde la seguridad, sino desde la incertidumbre. Desde el miedo incluso. Y ahí, en ese terreno inestable, es donde muchas veces aparecen las cosas más interesantes.

No es un álbum perfecto. Pero es real. Y eso, a veces, vale más que cualquier perfección técnica.

La gira de Drama es casi tan interesante como el propio disco… y bastante más tensa. Fue una de esas giras donde cada concierto no solo era música: era una especie de examen constante ante el público.

Una gira bajo sospecha

Cuando Yes salió a la carretera en 1980, lo hizo con una presión enorme. La ausencia de Jon Anderson pesaba muchísimo. Para muchos fans, Yes era su voz.

Así que Trevor Horn no solo tenía que cantar… tenía que defender un legado. Y eso se notaba desde el primer concierto.

El repertorio mezclaba temas de Drama con clásicos como “And You and I” o “Roundabout”. Y ahí estaba el problema: cuando Horn interpretaba material nuevo, el encaje funcionaba. Pero al abordar canciones antiguas, las comparaciones eran inevitables… y muchas veces injustas.

Aun así, musicalmente la banda estaba en un nivel altísimo. Chris Squire y Alan White formaban una base rítmica demoledora, y Steve Howe seguía siendo pura elegancia técnica. Por su parte, Geoff Downes aportaba ese toque más moderno, más frío, que encajaba perfectamente con el sonido del disco.

Conciertos: intensidad y fragilidad

Los directos de esta etapa tienen algo muy especial: suenan más crudos, más tensos. No hay esa sensación “celestial” de otras giras de Yes. Aquí todo es más terrenal, más urgente.

Horn, de hecho, sufría mucho en directo. Él mismo ha reconocido después que no se sentía cómodo como frontman en una banda así. La exigencia vocal y la presión del público acabaron pasándole factura.

Eso hace que muchos conciertos tengan una energía casi dramática (nunca mejor dicho): hay momentos brillantes… y otros donde se percibe claramente la lucha.

El final abrupto

La gira no duró demasiado. Las tensiones internas y el desgaste terminaron provocando la disolución temporal del grupo en 1981.

Es curioso: Drama no mató a Yes, pero sí cerró una etapa. La banda desaparecería un tiempo… hasta renacer años después con otra cara completamente distinta.

¿Existen bootlegs de esta gira?

Sí, y son oro puro si te interesa esta etapa.

No hay un directo oficial completo de la gira Drama, pero circulan bastantes grabaciones no oficiales (bootlegs), tanto de audio como de vídeo. Algunos de los más conocidos entre fans:

Boston 1980: uno de los más populares. Bastante buen sonido para ser bootleg. Se aprecia muy bien la potencia de la banda y las dificultades vocales de Horn.

Madison Square Garden (Nueva York): grabaciones parciales, pero históricamente interesantes por el contexto.

Wembley Arena (Londres): especialmente valioso por ser en casa y por la reacción del público británico.

Y hay una joya imprescindible:

El metraje incluido años después en el recopilatorio

The Word Is Live, donde aparecen grabaciones en directo de esta época. No es un concierto completo, pero sí uno de los pocos documentos oficiales de la era Drama.

Cómo suenan esos bootlegs

Escucharlos hoy es casi como meterte dentro de la gira. No esperes perfección. Espera algo mejor: autenticidad.

Se oye a una banda enorme… intentando sostenerse en medio del cambio. A veces lo consiguen de forma brillante, otras veces se tambalean. Pero nunca suenan indiferentes.

Y eso es lo que hace que estos bootlegs sean tan interesantes: no documentan una cima, sino una transición. Un momento frágil en el que Yes estaba redefiniéndose sin red.

BOOTLEGS

Yes - Tempus Fugit Again - New York City 1980-09-06



REMASTERIZADO POR EL SR.X

1.01 DJ Intro - Yours Is No Disgrace (incomplete) (4.47)

1.02 Into The Lens (8.33)

1.03 The Clap (4.29)

1.04 And You And I (10.15)

1.05 Go Through This (4.05)

1.06 Man In A White Car Suite (6.17)

1.07 We Can Fly From Here (6.01)


2.01 Tempus Fugit (5.26)

2.02 Machine Messiah (11.23)

2.03 Starship Trooper (12.00)

2.04 Roundabout (7.39)

2.05 We Can Fly From Here (Demo The Buggles) (5.52)

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Yes - Drama Sessions 1980



Yes - Drama Sessions
The Town House studios
London UK
18 April 1980 

1. The Yes Song              4:50   an early take of Tempus Fugit

2. Who Makes The Tea    5:23   a.k.a. Untitled 1

3. Does It Ever Happen (To You)    6:20   an early take of Does It Really Happen?

4. To The Light    4:29   an early take of Run Through The Light

5. Satellite            7:09

Chris Squire - Bass
Steve Howe - Guitars
Alan White - Drums

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domingo, 15 de marzo de 2026

ESPECIAL DE MARZO 2026 "El Último De La Fila – Enemigos De Lo Ajeno 1986"

Hay discos que se escuchan. Y hay discos que se viven.

Enemigos de lo Ajeno, de El Último de la Fila, pertenece sin duda a la segunda categoría.

Cuando uno vuelve a Enemigos de lo Ajeno siente algo raro, como si se encontrara una vieja libreta en el cajón de la cocina. No es nostalgia vacía: es memoria viva. Ese disco de El Último de la Fila no nació con la intención de ser clásico; nació de la necesidad. De dos tipos —Manolo García y Quimi Portet— que venían de tocar donde podían, de proyectos que no funcionaron, de noches de carretera en las que uno empieza a preguntarse si merece la pena seguir.

No eran estrellas ni querían serlo. Venían de Los Burros, que no terminó de despegar, y en una España que todavía estaba aprendiendo a mirarse al espejo sin miedo, ellos parecían fuera de lugar. No eran modernos como los de Radio Futura ni teatrales como Alaska y Dinarama. Tampoco eran rock urbano. Eran otra cosa. Gente que escribía canciones como quien escribe cartas que nunca se atreve a enviar.

Muchas letras de ese disco nacieron en servilletas, en cuadernos pequeños, en estaciones de tren. Manolo tenía la costumbre de apuntar frases sueltas que le venían de golpe: recuerdos de infancia, sueños absurdos, frases oídas en un bar. Luego Quimi las miraba con su ironía tranquila, y entre los dos las convertían en canciones que parecían raras pero que, cuando las escuchabas bien, hablaban exactamente de tu vida.

1 Lejos De Las Leyes De Los Hombres

2 Insurreccion

3 Mi Patria En Mis Zapatos

4 Aviones Plateados

5 Zorro Veloz

6 Las Palabras Son Cansancio

7 Soy Un Accidente

8 Los Angeles No Tienen Helices

9 No Me Acostumbro

10 ¿Para Que Sirve Una Hormiga?

11 ¿Quién Eres Tú?

La primera vez que suena Insurrección no parece un himno. Parece una confesión. La discográfica dudó de ella; no sonaba comercial, no tenía estribillo fácil. Pero empezó a pasar algo precioso: la gente la pedía en conciertos pequeños, en salas medio vacías donde apenas había humo y un par de cervezas. La canción creció sola, como crecen las cosas verdaderas.

Con Aviones Plateados ocurrió algo parecido. Nadie sabía explicar por qué emocionaba tanto. Quizá porque hablaba de sueños que pasan por encima de nosotros sin detenerse, como esos momentos de la vida que no supimos vivir bien. O porque Manolo cantaba como quien recuerda a alguien que ya no está.

Quimi, por su parte, buscaba un sonido imperfecto. Repetía guitarras una y otra vez hasta que sonaran humanas, torcidas, casi frágiles. No quería un disco brillante; quería un disco que pareciera tocado en una habitación con las ventanas abiertas. Y eso hizo que el álbum envejeciera de una forma preciosa. Hoy no suena antiguo: suena sincero.

Al principio no hubo éxito inmediato. Tocaban en sitios pequeños, a veces con más sillas que público. Pero quienes iban se llevaban algo dentro. La música corría de boca en boca, como los secretos importantes. Poco a poco, aquel disco se convirtió en refugio para mucha gente que no encontraba su sitio.


Y ahí está su impacto real. No solo influyó en bandas posteriores como Extremoduro, Marea o Fito & Fitipaldis, que heredaron esa mezcla de poesía cotidiana y rock con alma. También cambió la forma de escribir canciones en español. Demostró que se podía hablar de fragilidad, de miedo, de amor torpe, sin perder dignidad ni fuerza. Que el rock podía ser íntimo.

Años después, alguien se acercó a Manolo García tras un concierto y le dijo algo sencillo: “Vuestras canciones me hicieron sentir menos solo”. Esa frase resume todo. Porque Enemigos de lo Ajeno no fue solo un disco importante; fue compañía. Fue una conversación nocturna entre desconocidos que, sin saberlo, compartían la misma tristeza y la misma esperanza.

Y por eso, cuando hoy vuelve a sonar, uno siente que esas canciones no hablan del pasado. Hablan de nosotros. De la gente que ama mal, que sueña demasiado, que sigue adelante aunque no tenga claro el camino. Como ellos dos cuando lo grabaron, sin saber que estaban construyendo un lugar al que muchos volveríamos para sentirnos un poco más humanos.


GIRA

Cuando Enemigos de lo Ajeno empezó a circular por las tiendas, la historia de la gira de El Último de la Fila no comenzó con grandes titulares ni con pabellones llenos. Empezó de una manera mucho más sencilla: furgonetas, carreteras largas y salas pequeñas donde el escenario apenas se levantaba unos centímetros del suelo.

Manolo García y Quimi Portet subían al escenario con una mezcla curiosa de ilusión y desconfianza. No sabían muy bien qué iba a pasar con aquellas canciones. El disco estaba gustando, sí, pero todavía no era el fenómeno que terminaría siendo. Así que tocaban como si cada concierto fuera una oportunidad que había que defender desde la primera nota.

Los primeros shows tenían algo muy especial. El público estaba cerca, tan cerca que se podían ver las caras perfectamente. No había distancia entre el escenario y la gente. Manolo cantaba con esa intensidad suya, a veces casi como si estuviera contando un secreto, y Quimi sostenía todo con la guitarra, tranquilo, observando. Entre canción y canción aparecían comentarios improvisados, bromas, frases medio poéticas que salían sin pensarlo demasiado.

Poco a poco empezó a suceder algo curioso. Algunas canciones comenzaron a pertenecer también al público. Cuando sonaban los primeros acordes de Insurrección, la gente reaccionaba de inmediato. Al principio eran unos pocos los que cantaban, luego eran muchos más, y en algunos conciertos ya parecía que toda la sala conocía la letra. Nadie había planeado que esa canción se convirtiera en un himno; simplemente fue pasando, noche tras noche.

Con Aviones Plateados el ambiente era distinto. El ruido bajaba, el público escuchaba con una atención casi extraña para un concierto de rock. Había momentos en los que parecía que la sala entera contenía la respiración. Cuando terminaba, el aplauso no era solo entusiasmo: era también una especie de agradecimiento silencioso.

La gira fue creciendo sin hacer demasiado ruido. Primero salas algo más grandes, luego teatros, después recintos donde ya empezaba a reunirse mucha más gente. Pero lo curioso es que el espíritu no cambió demasiado. No aparecieron grandes decorados ni espectáculos exagerados. La sensación seguía siendo la misma: un grupo tocando canciones que parecían escritas para la gente que estaba allí.

Las noches de carretera también formaban parte de la historia. Kilómetros entre ciudad y ciudad, conversaciones largas, cansancio, risas, y esa sensación de estar viviendo algo que todavía no se entendía del todo. Nadie hablaba de “éxito histórico”. Solo sabían que cada concierto era mejor que el anterior y que las canciones estaban llegando a la gente de una forma muy profunda.

Con el paso de los meses quedó claro que algo importante estaba ocurriendo. El grupo que había empezado tocando para unos cuantos curiosos se estaba convirtiendo en una referencia para toda una generación. Pero lo más bonito es que ese crecimiento no fue repentino ni artificial. Fue lento, natural, construido concierto a concierto.

Y quizá por eso quienes vivieron aquella gira la recuerdan con tanto cariño. Porque no fue simplemente una serie de actuaciones para promocionar un disco. Fue el momento en que unas canciones comenzaron a formar parte de la vida de mucha gente. No solo se escuchaban en casa o en la radio: se cantaban juntos, en la oscuridad de una sala, sintiendo que hablaban de algo muy propio.

Al final, la gira de Enemigos de lo Ajeno terminó siendo mucho más que una etapa de conciertos. Fue el instante en que un grupo encontró a su público… y el público encontró unas canciones que ya no iba a olvidar.

BOOTLEG

El Último De La Fila - En Directo, Studio 54, 05-06-86


El 5 de junio de 1986, en la sala Studio 54 de Barcelona, ocurrió uno de esos conciertos que con el tiempo terminan teniendo un aura especial. Aquella noche El Último de la Fila estaba todavía en ese punto delicado entre promesa y realidad. El disco Enemigos de lo Ajeno acababa de salir y las canciones empezaban a caminar solas, pero nadie imaginaba aún hasta dónde llegarían.

La sala no era enorme, pero tenía ese ambiente eléctrico que solo tienen los lugares donde el público está cerca del escenario. El humo, las luces algo crudas, el murmullo antes de empezar… y de repente aparecen Manolo García y Quimi Portet con la banda. No hay grandes ceremonias. Simplemente empiezan a tocar.

Desde los primeros minutos se nota algo muy particular en el ambiente. El grupo todavía no es una institución del rock español, pero las canciones ya están haciendo efecto. Manolo canta con esa intensidad casi nerviosa que tenía en aquellos años: se mueve mucho, gesticula, parece vivir cada frase como si la estuviera inventando en ese mismo instante. No es una voz perfecta, pero tiene algo que atrapa. Algo que hace que el público le crea.

Quimi, en cambio, es todo lo contrario. Más quieto, más irónico, sosteniendo las canciones desde la guitarra con una calma que equilibra la energía de Manolo. Esa combinación era una de las claves del grupo: uno parecía fuego y el otro madera que lo mantiene ardiendo.

Cuando llega Insurrección, la sala cambia. No es todavía el himno masivo que sería después, pero ya se percibe que la canción tiene algo especial. Parte del público canta, otros escuchan con atención, y al terminar se produce ese aplauso largo que aparece cuando la gente sabe que ha pasado algo importante.

También hay momentos más íntimos. Con Aviones Plateados el ambiente se vuelve casi contemplativo. Las guitarras suenan más abiertas, la voz de Manolo parece quebrarse un poco en algunos versos y la sala se queda en silencio. Es uno de esos instantes en los que un concierto deja de ser simplemente música en directo y se convierte en una emoción compartida.

El sonido del directo tiene algo crudo, casi imperfecto, pero precisamente ahí está su encanto. No hay grandes producciones ni arreglos exagerados. Las canciones respiran. Se escuchan las guitarras con claridad, el pulso de la banda, el público reaccionando muy cerca. Es el retrato de un grupo en pleno crecimiento.

Lo que hace especial aquel concierto en Studio 54 no es solo la música. Es el momento histórico. El grupo todavía no es enorme, pero ya se siente que algo está empezando a moverse alrededor de ellos. Hay una energía de descubrimiento, como si tanto la banda como el público estuvieran entendiendo poco a poco que esas canciones iban a quedarse mucho tiempo.

Escuchar hoy ese directo es casi como abrir una ventana al instante exacto en que todo empezaba. No es el sonido de una banda consagrada; es el sonido de una banda encontrándose a sí misma frente a la gente.

Y por eso tiene tanto valor. Porque en ese escenario pequeño, una noche cualquiera de 1986, se puede escuchar el momento en que aquellas canciones dejaron de ser solo un disco… y empezaron a convertirse en parte de la historia del rock español.

La grabación del concierto de El Último de la Fila en la sala Studio 54 de Barcelona el 5 de junio de 1986 terminó editándose en una cassette muy limitada titulada En Directo Studio 54. Esa cinta la ofrecía la revista musical Ruta 66. No venía gratis dentro de la revista, pero se podía pedir a través de ella por correo (contra reembolso) por unas 550 pesetas, algo muy típico en los 80.

Además, la edición fue muy pequeña: solo unas 500 copias. Por eso hoy es casi una pieza de coleccionista entre seguidores del grupo.

La cinta tenía otra particularidad que la hace aún más interesante: no era una grabación retocada en estudio. Se grabó directamente desde la mesa de mezclas del concierto en una pletina Tascam por el técnico Toni Puig, y el grupo decidió dejarla prácticamente tal cual, con el sonido crudo del directo.

Eso hace que al escucharla se note mucho la atmósfera de aquella noche:

la voz de Manolo García muy presente, los teclados y la percusión claros, y las guitarras algo más atrás, exactamente como sonaron en la sala.

La cinta tampoco incluía el concierto completo, aunque el repertorio era largo y bastante representativo de la etapa inicial del grupo: canciones como Aviones Plateados, Querida Milagros o Insurrección ya estaban ahí, en un momento en que el disco Enemigos de lo Ajeno apenas llevaba unas semanas circulando.

Muchos fans que la consiguieron entonces la recuerdan con cariño porque era como tener un recuerdo directo de aquel momento del grupo, cuando todavía estaban creciendo y tocaban con una intensidad muy especial. No era un producto comercial al uso: era más bien un documento de una noche concreta.

Y por eso hoy tiene ese aura casi mítica. No solo captura un concierto muy celebrado de la banda, sino también una época en la que descubrir música a veces significaba leer una revista, rellenar un cupón y esperar al cartero con una cinta de cassette.

Formato digital de la cassette "El Último de la Fila en Directo, studio 54 Barcelona 5 junio 1986". Grabación en cinta de la presentación en aquella sala del LP Enemigos de lo Ajeno, y que frecía la revista Ruta 66 por 550 pts a contra reembolso.

Grabado directamete de la mesa de mezclas DDA a Platina cassette Tascam, por Toni Puig.

De esta cinta original, solo existen 500 ejemplares (número muy usado por el grupo en sus ediciones limitadas). El concierto, a pesar de tener una calidad excelente, está incompleto.

Remasterizado por el SR.X

01. Grite

02. Portugal

03. Son cuatro dias

04. Ruta del sur

05. Mi novia se llamaba Ramon

06. No me acostumbro

07. Aviones plateados

08. A cualquiera puede sucederle

09. ¿Para que sirve una hormiga?

10. El loco de la calles

11. Las palabras son cansancio

12. Mi patria en mis zapatos

13. Lejos de las leyes de los hombres

14. Presentaciones

15. Los Angeles no tienen helices

16. Querida Milagros

17. Insurreccion

18. Huesos

19. Dulces sueños

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sábado, 14 de febrero de 2026

ESPECIAL FEBRERO 2026 "Roger Waters Amused to Death (1992)"

Amused to Death – Roger Waters (1992)

La locura del sonido

Hay discos que no se escuchan: se atraviesan. Amused to Death es uno de ellos. No entra de golpe ni busca seducir con estribillos inmediatos; se instala despacio, como una conversación incómoda que empieza en voz baja y termina mirándote fijamente a los ojos. Roger Waters no quería hacer un álbum más después de Pink Floyd. Quería dejar constancia de algo que le dolía, que le indignaba y que, en el fondo, le daba miedo: la forma en que la humanidad aprende a mirar la violencia como entretenimiento.

Desde el primer segundo, con el sonido del televisor encendiéndose y apagándose, Waters nos coloca en el centro de su tesis: la guerra, el poder y la tragedia convertidas en espectáculo. El título, Amused to Death (“Divertidos hasta morir”), tomado del ensayo de Neil Postman, no es una metáfora elegante; es una acusación directa. Nos estamos riendo, distrayendo, consumiendo imágenes mientras el mundo se desangra en segundo plano.

Musicalmente, el disco es amplio y cinematográfico. No tiene prisa. Se apoya en guitarras limpias, atmósferas densas y silencios incómodos. Jeff Beck aparece como una especie de narrador emocional alterno: sus solos no presumen virtuosismo, lloran. Son lamentos eléctricos, casi humanos, que dicen lo que Waters no canta. Cada nota parece arrastrar cansancio, rabia y una tristeza vieja.

TEMAS:

The Ballad Of Bill Hubbard 4:19

What God Wants, Part I 6:00

Perfect Sense, Part I 4:16

Perfect Sense, Part II 2:50

The Bravery Of Being Out Of Range 4:43

Late Home Tonight, Part I 4:00

Late Home Tonight, Part II 2:13

Too Much Rope 5:47

What God Wants, Part II 3:41

What God Wants, Part III 4:08

Watching TV 6:07

Three Wishes 6:50

It's A Miracle 8:30

Amused To Death 9:06

“The Ballad of Bill Hubbard” abre el álbum como una herida histórica. La voz de un veterano de la Primera Guerra Mundial habla desde el pasado, y lo hace sin heroísmo. No hay gloria, solo memoria y eco. Desde ahí queda claro que este disco no romantiza la guerra; la expone como una maquinaria absurda que tritura personas y luego las olvida.

En “What God Wants”, Waters adopta el tono del poder cínico: Dios como excusa, la fe como moneda, la moral como arma. La canción es casi irónica, pero no graciosa; es amarga. Waters no grita, acusa con calma, como quien ya se cansó de discutir y simplemente enumera los hechos. Esa frialdad es lo que más incomoda.

“Perfect Sense” funciona como el corazón conceptual del álbum. La caída del mono del espacio no es solo un chiste negro: es la metáfora de la humanidad observándose a sí misma desde fuera y descubriendo que no ha aprendido nada. Aquí Waters se muestra casi paternal, decepcionado, preguntándose en qué momento perdimos la capacidad de distinguir entre progreso y destrucción.

Pero Amused to Death no es solo política y crítica social. Hay momentos profundamente humanos, casi íntimos. “Watching TV”, dedicada a Jean Charles de Menezes y a víctimas anónimas convertidas en noticia pasajera, es devastadora en su sencillez. Waters canta con una fragilidad poco habitual en él. No hay sarcasmo, solo dolor genuino. Es el momento en que el discurso se quiebra y aparece la persona detrás del mensaje.

Hacia el final, con “It’s a Miracle” y la canción que da nombre al álbum, el tono se vuelve casi apocalíptico. No porque Waters anuncie el fin del mundo, sino porque describe algo peor: la indiferencia. No morimos por una explosión, morimos distraídos, anestesiados, entretenidos. La risa como epitafio.

Humanizar Amused to Death es entender que no es un disco hecho desde la superioridad moral, sino desde la frustración. Roger Waters no se coloca fuera del problema; se incluye. Él también mira la televisión, él también consume, él también duda. Por eso el álbum no envejece: porque la pregunta sigue abierta. No es “¿quién tiene la culpa?”, sino “¿en qué momento dejamos de mirar con empatía?”.

Al terminar el disco no queda alivio. Queda silencio. Y en ese silencio aparece la verdadera fuerza de Amused to Death: no intenta darte respuestas, sino incomodarte lo suficiente como para que apagues la pantalla, aunque sea por un momento, y mires alrededor con otros ojos.


Algunas anécdotas del álbum

Una de las más comentadas tiene que ver con el sonido envolvente (QSound) que Waters utilizó en el disco. En 1992 era una tecnología bastante nueva y exigía una mezcla extremadamente precisa. Waters se obsesionó con ello: quería que los sonidos viajaran literalmente alrededor de la cabeza del oyente. Por eso hay perros ladrando “detrás” de ti, televisores que parecen venir desde otro cuarto y voces que te hablan al oído.

La anécdota es que muchos ingenieros pensaban que Waters estaba exagerando y perdiendo tiempo… hasta que se ponían los auriculares. Ahí entendían que el disco no estaba pensado para sonar “bonito”, sino para envolver y perturbar.

Otra historia interesante es la de Jeff Beck. Waters no le dio demasiadas indicaciones técnicas; simplemente le explicó el concepto del álbum y el clima emocional que buscaba. Beck grabó muchos de sus solos casi de forma improvisada. Waters quedó tan impactado que dejó tomas prácticamente crudas, sin pulir, porque sentía que ahí estaba la emoción real. Beck no “brilla”: sufre con la guitarra, y eso era justo lo que Waters quería.

¿Por qué no hubo gira en 1992–1993?

La razón principal fue una mezcla de limitaciones técnicas, desgaste personal y miedo al fracaso.

El álbum era casi imposible de reproducir en directo

Amused to Death depende muchísimo del QSound, de efectos espaciales y de sonidos pregrabados que en 1992 no podían reproducirse con fidelidad en un estadio o teatro. Waters sentía que llevarlo al escenario sin ese impacto sería traicionar el concepto.

Para él, este disco no era solo canciones: era una experiencia auditiva.

Waters estaba agotado emocionalmente

Venía de años muy tensos tras su salida de Pink Floyd, juicios legales, críticas constantes y comparaciones con la banda “sin él”. No estaba en un momento mental estable para exponerse a una gira larga, especialmente con un material tan oscuro y confrontacional.

Temor a la recepción del público

Waters sabía que Amused to Death no era un disco fácil. No tenía “hits” obvios ni momentos festivos. Él mismo admitió después que no estaba seguro de que el público quisiera pasar dos horas enfrentándose a un espejo tan incómodo.

En resumen: no hubo gira porque Waters no quería convertir ese disco en entretenimiento, lo cual es irónico y totalmente coherente con el mensaje del álbum.

Aunque no hubo gira oficial del álbum, las canciones no quedaron olvidadas.

Década de 2000

Waters empezó a rescatar temas como:

What God Wants, Part I

Perfect Sense (Part I & II)

The Bravery of Being Out of Range

Las tocó en giras como In the Flesh (1999–2002), donde el concepto político encajaba perfectamente.


Resumen de canciones de Amused to Death que sí se han tocado en directo

Canción Tocado en gira In the Flesh Existe registro oficial

What God Wants, Part I ✔️ Sí (DVD/Audio)

Perfect Sense (I & II) ✔️ Sí (DVD/Audio)

The Bravery of Being Out of Range ✔️ Sí (DVD/Audio)

It’s a Miracle ✔️ Sí (DVD/Audio)

Amused to Death ✔️ Sí (DVD/Audio)

BOOTLEG


Grabado en Sevilla (Spain) 1991, Lisboa (Portugal) 2006,  Portland 1999 (EEUU)


Amused to Death "LIVE"


01. What God Wants - part 1


02. Perfect Sense, Pt. 1 


03. Perfect Sense, Pt. 2 


04. The Bravery of Being Out of 


05. It’s a Miracle 


06. Amused to Death


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jueves, 15 de enero de 2026

ESPECIAL ENERO 2026 "The Cure Disintegration 1989"

The Cure – Disintegration (1989): crónica de un corazón que se deshace lentamente.

Hay discos que no se escuchan: se habitan. Disintegration es uno de ellos. No entra de golpe, no busca el impacto inmediato ni la concesión fácil. Se desliza despacio, como una noche larga que sabes que va a recordarte cosas que preferirías tener dormidas. Cuando Robert Smith decidió llamarlo así, no estaba pensando solo en un proceso químico, sino en uno emocional: la lenta y dolorosa descomposición de los afectos, del tiempo, de la juventud y de la certeza de que nada permanece intacto.

Publicado en 1989, Disintegration llegó en un momento crucial para The Cure. Tras el éxito más luminoso y accesible de Kiss Me, Kiss Me, Kiss Me, Smith sintió la necesidad casi física de volver a la penumbra. Cumplía treinta años y esa cifra le pesaba como una losa. Le aterraba la idea de convertirse en una caricatura pop de sí mismo. Así nació este álbum: como una reacción visceral, honesta y profundamente humana contra la superficialidad, incluso contra la suya propia.

Desde los primeros segundos queda claro que aquí no hay prisa. Los sintetizadores flotan, la batería de Boris Williams avanza con una cadencia hipnótica y el bajo de Simon Gallup —auténtica columna vertebral del disco— late como un corazón cansado pero obstinado. Disintegration no corre: se arrastra, se detiene, respira… y duele.

“Plainsong” abre el álbum como un amanecer frío. Es majestuosa, casi ceremonial. No necesita palabras inmediatas porque su misión es crear un estado de ánimo: el de alguien que mira atrás y comprende que algo esencial ya se ha perdido. Cuando Smith entra finalmente con su voz, suena frágil, suspendida, como si temiera romper el hechizo. No es una canción; es una puerta.

Luego llega “Pictures of You”, quizá uno de los grandes himnos emocionales de The Cure. Aquí la nostalgia no es un recuerdo bonito, sino una tortura. Las fotos no consuelan, hieren. Cada imagen es un recordatorio de lo que fue y ya no es. Smith canta con una mezcla devastadora de ternura y desesperación, como si abrazara un fantasma sabiendo que nunca responderá.

El álbum avanza como una montaña rusa emocional sin picos evidentes, pero con una intensidad constante que va calando. “Closedown” y “Last Dance” profundizan en el aislamiento y el miedo a la pérdida, mientras “Lovesong”, paradójicamente el tema más accesible y conocido, actúa como un espejismo. Es una declaración de amor sencilla y directa, pero incluso ahí hay una sombra: suena a promesa desesperada, a alguien que repite “te amaré siempre” porque teme que no sea suficiente.

“Fascination Street” introduce un pulso más físico, casi nocturno, con ese bajo envolvente que parece guiarte por una ciudad húmeda y decadente. Es sensual y oscura a la vez, como una confesión hecha a media voz en un callejón. En cambio, “Prayers for Rain” cae como una tormenta emocional: la rabia, la culpa y el deseo de expiación se mezclan en una atmósfera densa, casi asfixiante.

Uno de los momentos más humanos del disco llega con “The Same Deep Water as You”, una pieza larga, solemne, devastadora. Aquí la disolución ya no es metáfora: es aceptación. El amor se hunde y ambos saben que no hay salvación. La música se estira, se repite, insiste, como una mente atrapada en un pensamiento que no puede abandonar.

Hacia el final, “Disintegration” y “Homesick” funcionan como el núcleo emocional del álbum. La canción que da título al disco es amarga, casi cruel consigo misma. Smith canta como alguien que se observa romperse en tiempo real, consciente y sin posibilidad de frenar el proceso. Homesick, por su parte, es puro anhelo: no solo de un lugar, sino de un tiempo, de una versión de uno mismo que ya no existe.

El cierre con “Untitled” es especialmente significativo. No hay un gran final, no hay redención ni respuesta. Solo una sensación de cansancio emocional, de haber dicho todo lo que se podía decir. El disco termina como empezó: suspendido en el aire, dejando al oyente solo con sus pensamientos.

Disintegration no es un álbum para cualquier momento. Exige silencio, atención y cierta predisposición al desgarro. Pero cuando conecta, lo hace de una forma casi íntima, como si alguien hubiera escrito exactamente lo que tú nunca supiste expresar. No ofrece consuelo fácil, pero sí compañía. Y en eso reside su grandeza: en recordarnos que desintegrarse también es una forma profundamente humana de estar vivo.

Más que un clásico, Disintegration es un refugio para almas rotas. Un disco que no envejece porque habla de algo eterno: el miedo a perder, el dolor de amar y la certeza de que, al final, todo lo que somos es emoción intentando no desaparecer.




Durante la gestación de Disintegration hay una anécdota que con el tiempo se ha vuelto casi legendaria, no tanto por su espectacularidad como por lo simbólica que resulta para entender el espíritu del disco: el incendio en el estudio.

The Cure grababan gran parte del álbum en Outside Studios, en Hook End Manor, una antigua mansión inglesa cargada de historia… y de problemas. El ambiente era tenso desde el principio. Robert Smith estaba en un momento emocional frágil, obsesivo, trabajando jornadas interminables, persiguiendo un sonido denso y nocturno, mientras el resto del grupo se movía entre el agotamiento y la incertidumbre. No era una grabación cómoda ni feliz.

En medio de ese clima, se produjo un pequeño incendio en el estudio. No fue una catástrofe que arrasara con todo, pero sí lo bastante serio como para provocar humo, alarma y una interrupción total de las sesiones. Parte del equipo eléctrico se vio afectado y durante horas reinó el caos: técnicos apagando focos, instrumentos cubiertos a toda prisa y la sensación de que el proyecto podía literalmente “arder” antes de completarse.

Lo curioso es la reacción de Robert Smith. Lejos de entrar en pánico, interpretó el incidente casi como una señal. Años después contaría que el fuego le pareció una especie de metáfora brutal de lo que estaba ocurriendo con el disco y con él mismo: una obra construida desde la tensión, el exceso y el desgaste emocional, siempre al borde del colapso. Disintegration no solo hablaba de ruptura y decadencia; se estaba creando en medio de ellas.

El incendio también reforzó su determinación. Smith se negó a suavizar el álbum, a hacerlo más comercial o “seguro”. Si algo podía prender fuego en mitad del proceso, pensaba, era porque el disco estaba yendo exactamente donde debía ir. Esa sensación de peligro latente —de que todo podía venirse abajo en cualquier momento— se filtró en el sonido final: capas de sintetizadores densos, canciones largas, emociones sin filtrar.

Para el grupo, el episodio fue casi traumático. Algunos miembros veían la grabación como un pozo sin fondo, caro, oscuro y emocionalmente agotador. Para Smith, en cambio, el fuego fue una confirmación: Disintegration no debía ser cómodo, ni luminoso, ni fácil. Tenía que doler.

Con el tiempo, la anécdota del incendio se convirtió en parte del mito del álbum. No destruyó cintas maestras ni acabó con canciones, pero encendió definitivamente la conciencia de que estaban creando algo frágil, intenso y único. Como el propio disco, aquel fuego no arrasó: dejó cicatrices. Y esas cicatrices, de algún modo, siguen ardiendo cada vez que suenan sus canciones.



1 Plainsong 5:15
2 Pictures Of You 7:28
3 Closedown 4:21
4 Love Song 3:30
5 Last Dance 4:47
6 Lullaby 4:12
7 Fascination Street 5:16
8 Prayers For Rain 6:07
9 The Same Deep Water As You 9:22
10 Disintegration 8:23
11 Homesick 7:09
12 Untitled 6:30

Artwork [Art] – Parched Art
Bass, Keyboards – Simon Gallup
Drums – Boris Williams
Engineer [Assistant Engineer At Outside] – Richard Sullivan
Engineer [Assistant Engineer At Rak] – Roy Spong
Guitar [Guitars] – Porl Thompson
Instruments [Other Instrument] – Laurence Tolhurst
Keyboards – Roger O'Donnell
Music By – Williams*, Tolhurst*, Thompson*, Smith*, O'Donnell*, Gallup*
Producer [Produced By], Engineer [Engineered By] – David M. Allen, Robert Smith
Voice, Guitar, Keyboards – Robert Smith
Words By – Robert Smith



La gira de Disintegration (1989–1990): cuando The Cure se subió al escenario con el alma a la intemperie.


La gira de Disintegration no fue una celebración. Fue una prueba de resistencia. Un viaje largo, oscuro y emocionalmente agotador en el que The Cure llevaron al escenario un disco que no estaba pensado para entretener, sino para exponer heridas. Cada concierto era menos un espectáculo y más una confesión pública, repetida noche tras noche, ciudad tras ciudad.

Desde el principio quedó claro que aquello no iba a ser una gira al uso. Robert Smith ya había advertido que Disintegration sería “el último gran disco serio de The Cure”, una frase que sonaba a amenaza y a despedida. Y así se vivieron los conciertos: como si algo importante estuviera a punto de terminar, aunque nadie supiera exactamente qué.

Los shows eran largos, densos, casi rituales. La iluminación era mínima, deliberadamente sombría. No había pirotecnia emocional ni sonrisas de compromiso. Smith aparecía en escena con el rostro maquillado como siempre, pero más cansado, más encerrado en sí mismo. Cantaba muchas veces con los ojos cerrados, como si el público no estuviera allí o, peor aún, como si estuviera demasiado cerca.

Musicalmente, la gira fue imponente. Las canciones de Disintegration crecían en directo:

“Plainsong” abría los conciertos como una misa laica, con ese teclado inicial que parecía caer desde el techo del recinto.

“Pictures of You” se estiraba durante minutos, convertida en un lamento colectivo.

“Fascination Street” y “Prayers for Rain” sonaban más físicas, más opresivas, casi amenazantes.

Pero lo verdaderamente humano no estaba solo en la música, sino en lo que se percibía entre canción y canción. Smith hablaba poco. A veces nada. Cuando lo hacía, sus palabras eran secas, irónicas o directamente derrotadas. No intentaba conectar con el público: parecía aguantarse a sí mismo.

El contraste llegaba en los bises. Tras más de dos horas de oscuridad emocional, The Cure solían cerrar con temas más luminosos de otras épocas: “Just Like Heaven”, “In Between Days”, “Boys Don’t Cry”. Pero incluso ahí había algo extraño. Sonaban casi como recuerdos lejanos, como fotos amarillentas sacadas de un cajón. El público saltaba, sí, pero la banda —especialmente Smith— parecía tocar esas canciones con una mezcla de cariño y distancia, como quien visita una casa en la que ya no vive.

La gira fue agotadora psicológicamente. Smith bebía mucho, dormía poco y estaba obsesionado con que el sonido fuera perfecto. Cada concierto tenía que recrear esa atmósfera densa del disco, sin concesiones. La presión era enorme, y el propio líder del grupo empezó a sentirse atrapado por la criatura que había creado. Disintegration había conectado profundamente con el público, pero a costa de consumirlo por dentro.

En entrevistas posteriores, Smith reconocería que esa gira fue una de las más duras de su vida. No por problemas técnicos ni por falta de éxito —todo lo contrario—, sino porque cada noche tenía que volver a habitar emociones que no estaban resueltas: miedo al abandono, al paso del tiempo, a la pérdida del amor y de la identidad.

Y, sin embargo, el público lo entendió. Había algo casi terapéutico en esos conciertos. Miles de personas en silencio, balanceándose en la oscuridad, compartiendo una tristeza que no necesitaba explicación. No eran conciertos para gritar; eran conciertos para sentir. Para muchos fans, ver a The Cure en esa gira fue una experiencia transformadora, casi íntima, pese a los grandes recintos.

Cuando la gira terminó en 1990, Smith estaba exhausto y convencido de que no podría volver a hacer algo así. Y quizá por eso Disintegration ocupa un lugar tan especial en la historia del grupo: no solo como obra maestra de estudio, sino como un acto de honestidad llevado al límite en directo.

Aquella gira no buscó complacer. Buscó sobrevivir. Y en ese intento dejó algunos de los conciertos más intensos, humanos y emocionalmente desnudos que The Cure haya ofrecido jamás. No fue una despedida, pero sí un punto de no retorno: después de Disintegration, tanto la banda como su público ya sabían que habían compartido algo irrepetible.

BOOTLEGS

The Cure Disintegration Live



1. «Plainsong» 
2. «Pictures of You» 
3. «Closedown» 
4. «Lovesong» 
5. «Last Dance» 
6. «Lullaby» 
7. «Fascination Street» 
8. «Prayers For Rain» 
9. «The Same Deep Water As You» 
10. «Disintegration» 
11. «Homesick» 
12. «Untitled»  

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The Cure - Rare Disintegration Sessions



The Cure - Disintegration Rare Sessions - Unreleased Demos

Delirious Night (Extended Version)
Lullaby (RS3 Arched - RS Home Demo)
Fear Of Ghosts (Roger's Home Demo)
Babble (Studio Demo)
Noheart (Alternate Version)
Pictures Of You (XP - RS Home Demo)
Prayers For Rain (Studio Demo)
Esten (Extended Version)
Lullaby (Studio Demo)

Todas las canciones son instrumentales y son inéditas.
Estas no son las versiones que aparecen en la edición de lujo.