"Is There Anybody Out There?" no es solo otro blog de música; es una expedición arqueológica sonora que desentierra tesoros musicales sepultados por el tiempo y el olvido. Con la pasión de un detective y el corazón de un poeta, el señor X se sumerge en las profundidades de álbumes que, aunque fundamentales, han sido injustamente relegados a las sombras de la historia musical prometiendo sacudir el polvo de esos vinilos olvidados. Cada entrada es una odisea que nos lleva de vuelta al momento en que estos discos vieron la luz, desentrañando las circunstancias que los vieron nacer y el eco que dejaron en el mundo. El blog no se conforma con reseñas superficiales. Aquí, la música se disecciona con el cuidado de un cirujano y se analiza con la minuciosidad de un científico. Pero no te equivoques, no es un ejercicio frío y académico. El señor X inyecta en cada palabra la pasión de un fan y la narrativa cautivadora de un contador de historias. "Is There Anybody Out There?" es más que un nombre; es un grito de guerra, un llamado a todos los amantes de la música a unirse en esta cruzada por redescubrir las joyas perdidas del panorama musical. Es una invitación a abrir los oídos y la mente, a sumergirse en sonidos que quizás pasamos por alto la primera vez, pero que merecen una segunda, tercera y enésima escucha. En un mundo saturado de listas de reproducción algorítmicas y éxitos prefabricados, este blog se erige como un faro para aquellos que buscan algo más profundo, más auténtico. Es un recordatorio de que detrás de cada disco hay una historia esperando ser contada, una pieza del rompecabezas cultural que merece ser encajada. Así que, si alguna vez te has preguntado si hay alguien más ahí fuera que aprecia la música como tú, que busca significado en cada nota y poesía en cada acorde, la respuesta es un rotundo sí. Y ese alguien te está esperando en "Is There Anybody Out There?", listo para embarcarse contigo en un viaje musical que promete ser tan emocionante como revelador.

jueves, 15 de enero de 2026

ESPECIAL ENERO 2026 "The Cure Disintegration 1989"

The Cure – Disintegration (1989): crónica de un corazón que se deshace lentamente.

Hay discos que no se escuchan: se habitan. Disintegration es uno de ellos. No entra de golpe, no busca el impacto inmediato ni la concesión fácil. Se desliza despacio, como una noche larga que sabes que va a recordarte cosas que preferirías tener dormidas. Cuando Robert Smith decidió llamarlo así, no estaba pensando solo en un proceso químico, sino en uno emocional: la lenta y dolorosa descomposición de los afectos, del tiempo, de la juventud y de la certeza de que nada permanece intacto.

Publicado en 1989, Disintegration llegó en un momento crucial para The Cure. Tras el éxito más luminoso y accesible de Kiss Me, Kiss Me, Kiss Me, Smith sintió la necesidad casi física de volver a la penumbra. Cumplía treinta años y esa cifra le pesaba como una losa. Le aterraba la idea de convertirse en una caricatura pop de sí mismo. Así nació este álbum: como una reacción visceral, honesta y profundamente humana contra la superficialidad, incluso contra la suya propia.

Desde los primeros segundos queda claro que aquí no hay prisa. Los sintetizadores flotan, la batería de Boris Williams avanza con una cadencia hipnótica y el bajo de Simon Gallup —auténtica columna vertebral del disco— late como un corazón cansado pero obstinado. Disintegration no corre: se arrastra, se detiene, respira… y duele.

“Plainsong” abre el álbum como un amanecer frío. Es majestuosa, casi ceremonial. No necesita palabras inmediatas porque su misión es crear un estado de ánimo: el de alguien que mira atrás y comprende que algo esencial ya se ha perdido. Cuando Smith entra finalmente con su voz, suena frágil, suspendida, como si temiera romper el hechizo. No es una canción; es una puerta.

Luego llega “Pictures of You”, quizá uno de los grandes himnos emocionales de The Cure. Aquí la nostalgia no es un recuerdo bonito, sino una tortura. Las fotos no consuelan, hieren. Cada imagen es un recordatorio de lo que fue y ya no es. Smith canta con una mezcla devastadora de ternura y desesperación, como si abrazara un fantasma sabiendo que nunca responderá.

El álbum avanza como una montaña rusa emocional sin picos evidentes, pero con una intensidad constante que va calando. “Closedown” y “Last Dance” profundizan en el aislamiento y el miedo a la pérdida, mientras “Lovesong”, paradójicamente el tema más accesible y conocido, actúa como un espejismo. Es una declaración de amor sencilla y directa, pero incluso ahí hay una sombra: suena a promesa desesperada, a alguien que repite “te amaré siempre” porque teme que no sea suficiente.

“Fascination Street” introduce un pulso más físico, casi nocturno, con ese bajo envolvente que parece guiarte por una ciudad húmeda y decadente. Es sensual y oscura a la vez, como una confesión hecha a media voz en un callejón. En cambio, “Prayers for Rain” cae como una tormenta emocional: la rabia, la culpa y el deseo de expiación se mezclan en una atmósfera densa, casi asfixiante.

Uno de los momentos más humanos del disco llega con “The Same Deep Water as You”, una pieza larga, solemne, devastadora. Aquí la disolución ya no es metáfora: es aceptación. El amor se hunde y ambos saben que no hay salvación. La música se estira, se repite, insiste, como una mente atrapada en un pensamiento que no puede abandonar.

Hacia el final, “Disintegration” y “Homesick” funcionan como el núcleo emocional del álbum. La canción que da título al disco es amarga, casi cruel consigo misma. Smith canta como alguien que se observa romperse en tiempo real, consciente y sin posibilidad de frenar el proceso. Homesick, por su parte, es puro anhelo: no solo de un lugar, sino de un tiempo, de una versión de uno mismo que ya no existe.

El cierre con “Untitled” es especialmente significativo. No hay un gran final, no hay redención ni respuesta. Solo una sensación de cansancio emocional, de haber dicho todo lo que se podía decir. El disco termina como empezó: suspendido en el aire, dejando al oyente solo con sus pensamientos.

Disintegration no es un álbum para cualquier momento. Exige silencio, atención y cierta predisposición al desgarro. Pero cuando conecta, lo hace de una forma casi íntima, como si alguien hubiera escrito exactamente lo que tú nunca supiste expresar. No ofrece consuelo fácil, pero sí compañía. Y en eso reside su grandeza: en recordarnos que desintegrarse también es una forma profundamente humana de estar vivo.

Más que un clásico, Disintegration es un refugio para almas rotas. Un disco que no envejece porque habla de algo eterno: el miedo a perder, el dolor de amar y la certeza de que, al final, todo lo que somos es emoción intentando no desaparecer.




Durante la gestación de Disintegration hay una anécdota que con el tiempo se ha vuelto casi legendaria, no tanto por su espectacularidad como por lo simbólica que resulta para entender el espíritu del disco: el incendio en el estudio.

The Cure grababan gran parte del álbum en Outside Studios, en Hook End Manor, una antigua mansión inglesa cargada de historia… y de problemas. El ambiente era tenso desde el principio. Robert Smith estaba en un momento emocional frágil, obsesivo, trabajando jornadas interminables, persiguiendo un sonido denso y nocturno, mientras el resto del grupo se movía entre el agotamiento y la incertidumbre. No era una grabación cómoda ni feliz.

En medio de ese clima, se produjo un pequeño incendio en el estudio. No fue una catástrofe que arrasara con todo, pero sí lo bastante serio como para provocar humo, alarma y una interrupción total de las sesiones. Parte del equipo eléctrico se vio afectado y durante horas reinó el caos: técnicos apagando focos, instrumentos cubiertos a toda prisa y la sensación de que el proyecto podía literalmente “arder” antes de completarse.

Lo curioso es la reacción de Robert Smith. Lejos de entrar en pánico, interpretó el incidente casi como una señal. Años después contaría que el fuego le pareció una especie de metáfora brutal de lo que estaba ocurriendo con el disco y con él mismo: una obra construida desde la tensión, el exceso y el desgaste emocional, siempre al borde del colapso. Disintegration no solo hablaba de ruptura y decadencia; se estaba creando en medio de ellas.

El incendio también reforzó su determinación. Smith se negó a suavizar el álbum, a hacerlo más comercial o “seguro”. Si algo podía prender fuego en mitad del proceso, pensaba, era porque el disco estaba yendo exactamente donde debía ir. Esa sensación de peligro latente —de que todo podía venirse abajo en cualquier momento— se filtró en el sonido final: capas de sintetizadores densos, canciones largas, emociones sin filtrar.

Para el grupo, el episodio fue casi traumático. Algunos miembros veían la grabación como un pozo sin fondo, caro, oscuro y emocionalmente agotador. Para Smith, en cambio, el fuego fue una confirmación: Disintegration no debía ser cómodo, ni luminoso, ni fácil. Tenía que doler.

Con el tiempo, la anécdota del incendio se convirtió en parte del mito del álbum. No destruyó cintas maestras ni acabó con canciones, pero encendió definitivamente la conciencia de que estaban creando algo frágil, intenso y único. Como el propio disco, aquel fuego no arrasó: dejó cicatrices. Y esas cicatrices, de algún modo, siguen ardiendo cada vez que suenan sus canciones.



1 Plainsong 5:15
2 Pictures Of You 7:28
3 Closedown 4:21
4 Love Song 3:30
5 Last Dance 4:47
6 Lullaby 4:12
7 Fascination Street 5:16
8 Prayers For Rain 6:07
9 The Same Deep Water As You 9:22
10 Disintegration 8:23
11 Homesick 7:09
12 Untitled 6:30

Artwork [Art] – Parched Art
Bass, Keyboards – Simon Gallup
Drums – Boris Williams
Engineer [Assistant Engineer At Outside] – Richard Sullivan
Engineer [Assistant Engineer At Rak] – Roy Spong
Guitar [Guitars] – Porl Thompson
Instruments [Other Instrument] – Laurence Tolhurst
Keyboards – Roger O'Donnell
Music By – Williams*, Tolhurst*, Thompson*, Smith*, O'Donnell*, Gallup*
Producer [Produced By], Engineer [Engineered By] – David M. Allen, Robert Smith
Voice, Guitar, Keyboards – Robert Smith
Words By – Robert Smith



La gira de Disintegration (1989–1990): cuando The Cure se subió al escenario con el alma a la intemperie.


La gira de Disintegration no fue una celebración. Fue una prueba de resistencia. Un viaje largo, oscuro y emocionalmente agotador en el que The Cure llevaron al escenario un disco que no estaba pensado para entretener, sino para exponer heridas. Cada concierto era menos un espectáculo y más una confesión pública, repetida noche tras noche, ciudad tras ciudad.

Desde el principio quedó claro que aquello no iba a ser una gira al uso. Robert Smith ya había advertido que Disintegration sería “el último gran disco serio de The Cure”, una frase que sonaba a amenaza y a despedida. Y así se vivieron los conciertos: como si algo importante estuviera a punto de terminar, aunque nadie supiera exactamente qué.

Los shows eran largos, densos, casi rituales. La iluminación era mínima, deliberadamente sombría. No había pirotecnia emocional ni sonrisas de compromiso. Smith aparecía en escena con el rostro maquillado como siempre, pero más cansado, más encerrado en sí mismo. Cantaba muchas veces con los ojos cerrados, como si el público no estuviera allí o, peor aún, como si estuviera demasiado cerca.

Musicalmente, la gira fue imponente. Las canciones de Disintegration crecían en directo:

“Plainsong” abría los conciertos como una misa laica, con ese teclado inicial que parecía caer desde el techo del recinto.

“Pictures of You” se estiraba durante minutos, convertida en un lamento colectivo.

“Fascination Street” y “Prayers for Rain” sonaban más físicas, más opresivas, casi amenazantes.

Pero lo verdaderamente humano no estaba solo en la música, sino en lo que se percibía entre canción y canción. Smith hablaba poco. A veces nada. Cuando lo hacía, sus palabras eran secas, irónicas o directamente derrotadas. No intentaba conectar con el público: parecía aguantarse a sí mismo.

El contraste llegaba en los bises. Tras más de dos horas de oscuridad emocional, The Cure solían cerrar con temas más luminosos de otras épocas: “Just Like Heaven”, “In Between Days”, “Boys Don’t Cry”. Pero incluso ahí había algo extraño. Sonaban casi como recuerdos lejanos, como fotos amarillentas sacadas de un cajón. El público saltaba, sí, pero la banda —especialmente Smith— parecía tocar esas canciones con una mezcla de cariño y distancia, como quien visita una casa en la que ya no vive.

La gira fue agotadora psicológicamente. Smith bebía mucho, dormía poco y estaba obsesionado con que el sonido fuera perfecto. Cada concierto tenía que recrear esa atmósfera densa del disco, sin concesiones. La presión era enorme, y el propio líder del grupo empezó a sentirse atrapado por la criatura que había creado. Disintegration había conectado profundamente con el público, pero a costa de consumirlo por dentro.

En entrevistas posteriores, Smith reconocería que esa gira fue una de las más duras de su vida. No por problemas técnicos ni por falta de éxito —todo lo contrario—, sino porque cada noche tenía que volver a habitar emociones que no estaban resueltas: miedo al abandono, al paso del tiempo, a la pérdida del amor y de la identidad.

Y, sin embargo, el público lo entendió. Había algo casi terapéutico en esos conciertos. Miles de personas en silencio, balanceándose en la oscuridad, compartiendo una tristeza que no necesitaba explicación. No eran conciertos para gritar; eran conciertos para sentir. Para muchos fans, ver a The Cure en esa gira fue una experiencia transformadora, casi íntima, pese a los grandes recintos.

Cuando la gira terminó en 1990, Smith estaba exhausto y convencido de que no podría volver a hacer algo así. Y quizá por eso Disintegration ocupa un lugar tan especial en la historia del grupo: no solo como obra maestra de estudio, sino como un acto de honestidad llevado al límite en directo.

Aquella gira no buscó complacer. Buscó sobrevivir. Y en ese intento dejó algunos de los conciertos más intensos, humanos y emocionalmente desnudos que The Cure haya ofrecido jamás. No fue una despedida, pero sí un punto de no retorno: después de Disintegration, tanto la banda como su público ya sabían que habían compartido algo irrepetible.

BOOTLEGS

The Cure Disintegration Live



1. «Plainsong» 
2. «Pictures of You» 
3. «Closedown» 
4. «Lovesong» 
5. «Last Dance» 
6. «Lullaby» 
7. «Fascination Street» 
8. «Prayers For Rain» 
9. «The Same Deep Water As You» 
10. «Disintegration» 
11. «Homesick» 
12. «Untitled»  

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The Cure - Rare Disintegration Sessions



The Cure - Disintegration Rare Sessions - Unreleased Demos

Delirious Night (Extended Version)
Lullaby (RS3 Arched - RS Home Demo)
Fear Of Ghosts (Roger's Home Demo)
Babble (Studio Demo)
Noheart (Alternate Version)
Pictures Of You (XP - RS Home Demo)
Prayers For Rain (Studio Demo)
Esten (Extended Version)
Lullaby (Studio Demo)

Todas las canciones son instrumentales y son inéditas.
Estas no son las versiones que aparecen en la edición de lujo.

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